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RESUMEN:
Antonio Juan Luis de la Cerda, VII duque de Medinaceli, y Juan Francisco Leiva y de la Cerda, V marqués de Ladrada, son los autores de una carta y de un memorial dirigidos a la reina regente Mariana de Austria, en 1666. En estos manuscritos, «que corren», se da a conocer el asunto del traslado de los restos de los Infantes de Castilla, Alfonso y Mafalda, de Gibraleón al Real Monasterio de Santa María de Huerta. La historiografía ha considerado el entierro del infante Alfonso de la Cerda en el Monasterio de las Huelgas Reales de Burgos, pero estas cartas barrocas, usadas como medio para la forja de la memoria nobiliaria, parecen desmentirlo: ¿realidad o ficción?
Palabras claves: correspondencia escrita, fabricación de memoria, Monasterio de las Huelgas Reales de Burgos, Monasterio de Santa María de Huerta.
ABSTRACT:
Antonio Juan Luis de la Cerda, VII Duke of Medinaceli, and Juan Francisco Leiva y de la Cerda, V Marquis of Ladrada, are the authors of a letter and a memorial addressed to the Queen Regent Mariana of Austria in 1666. In those «running handwrittens», the matter of the transfer of the mortal remains of the Infantes of Castile, Alfonso and Mafalda, from Gibraleón to the Royal Monastery of Santa María de Huerta is disclosed. Historiography has traditionally located the burial of Infante Alfonso de la Cerda in the Royal Monastery of Las Huelgas in Burgos, but these Baroque letters used as a means to forge noble memory seem to deny it: reality or fiction?
Keywords: Written correspondence, Fabrication of memory, Royal Monastery of las Huelgas in Burgos, Monastery of Santa María de Huerta.
En el Siglo de Oro la carta fue tanto un instrumento para el despacho ejecutivo del poder como un medio para la circulación de noticias en un escenario de esfera pública1. Pero también epistolarios y memoriales contribuyeron a las prácticas de las élites para el afianzamiento de su poder o, lo que es lo mismo, del estatus del linaje y de la familia. Así, como ha puesto de manifiesto el profesor Fernando Bouza2, la correspondencia de los siglos XVI y XVII puede ser considerada como un situated knowledge, ya que esta podía ser esgrimida como método de aprendizaje cortesano y político o como instrumento para conseguir intereses particulares o familiares, por lo que en la Alta Edad Moderna asistimos a un florecimiento inusitado del género epistolar3.
Un caso significativo de estudio con este enfoque es el del VII duque de Medinaceli, Antonio Juan Luis de la Cerda (1607-1671), pues recurrió a la correspondencia para la forja de su memoria nobiliaria en un momento crítico de su biografía, cuando fue desterrado de Madrid por sus posiciones contrarias a un poderoso conde-duque de Olivares4. Esta circunstancia permitió al de Medinaceli defender sus intereses, pues el poder de/en las cartas no dejaba de ser un signo escrito que, en este caso, además, era la expresión de su propio descontento político, a juzgar por como termina la carta que damos a conocer «Desdichado tiempo (Excelentísimo Señor) la Monarchia se nos pierde y tomamos la empanada por el repulgo»5.
Como veremos en seguida, detrás de esta cortesía epistolar subyacía un gesto que creaba memoria particular no sólo porque promocionaba los intereses propios de la Casa ducal de Medinaceli, sino porque se complementaba con un memorial que cabe leer como instrumento político, como se pretende demostrar.
Así Antonio Juan Luis de la Cerda, VII duque de Medinaceli, y Juan Francisco Leiva y de la Cerda, V marqués de Ladrada, son los autores de una carta y de un memorial dirigidos a la reina regente Mariana de Austria, en 1666 (fig. 1):
En estos manuscritos, «que corren»6, se da a conocer el asunto del traslado de los restos de los Infantes de Castilla, Alfonso y Mafalda, de Gibraleón al Real Monasterio de Santa María de Huerta.
La historia de Antonio Juan Luis de la Cerda no es otra que la de su propia Casa que descendía de la estirpe regia de los infantes de La Cerda, es decir, de la rama mayor del monarca Alfonso X, el Sabio7. El príncipe Fernando de la Cerda premurió a su padre y su heredero, Alfonso de la Cerda, el Desheredado, nunca accedió al trono. Dicho de otro modo, el VII duque de Medinaceli ostentaba la línea de primogenitura de los antiguos monarcas castellanoleoneses de la dinastía borgoña-palatina. Este derecho le confería especial poder y distinción social, no sólo para poder acceder al trono en caso de extinción de la rama dinástica reinante, sino porque sus recursos simbólicos, su retórica narrativa, se debía de revestir de esa majestad real y de ese derecho divino a gobernar. En definitiva, estaba dotado de un «cuerpo espiritual» oculto tras una suerte de teología política8.
En el contexto de la monarquía barroca, ninguna otra casa nobiliaria española podía reivindicar este derecho de iure que monarcas como Fernando el Católico había reconocido de facto, como se recoge a principios del siglo XVI en una declaración de testigos «faltando heredero del zetro real, la Casa de Medinaceli es la llamada a él»9. Un derecho que se retomó en el siglo XVII con la intención de reconstruirlo por completo, no solo para hacerlo más fuerte, sino para implementar narrativas visuales. Unas narrativas visuales que tuvieron especial importancia para reforzar la identidad noble a través de un espacio de memoria, para lo cual se hacía necesario reivindicar el patronato sobre una casa, Santa María la Real de Huerta, que había sido fundada el 20 de marzo de 1179 por el rey Alfonso VIII10.
Santa María de Huerta era el espacio de memoria funeraria de la Casa ducal de Medinaceli y allí «fueron sepultados estos primeros Condes Don Bernardo y la Condesa Doña Isabel su muger, en la Capilla mayor del real Monasterio de Santa María de Cantabos del lugar de Huerta en la Raíz de Aragón, que es de la Orden de San Bernardo»11. Tras varios enterramientos en la colegiata de Santa María de la Asunción de Medinaceli, desde tiempos del IV duque de Medinaceli, ahora se reivindicaba el derecho que como patronos tenían sobre la capilla mayor de la iglesia hortense. Todo ello generó que el VII duque de Medinaceli pensara en un replanteamiento espacio-visual de este lugar de memoria para reforzar una identidad nobiliaria que enlazaba tiempos pasados y tiempos presentes con una clara estrategia política12. De hecho, el fundador de Santa María de Huerta, Alfonso VIII, respondía al paradigma de rex christianissimus, es decir, a un monarca militar que había sido apoyado por la divinidad en la cruzada contra el infiel (batalla de las Navas de Tolosa), idea providencialista que potenciaba su majestad regia13.
Su derecho al trono y su origen regio, reivindicado en un proyecto funerario y de memoria como la capilla mayor de Santa María la Real de Huerta, coincidió en un contexto en el que el de Medinaceli fue desterrado de Madrid, por sus posiciones contrarias a un poderoso conde-duque de Olivares, aunque esta situación fue resarcida con su nombramiento como virrey de Valencia y su posterior cargo como capitán general del Mar Océano y Costas de Andalucía.
Fue justo en este contexto cuando el VII duque de Medinaceli pensó en traer a Huerta los restos mortales de los infantes de Castilla, pues este traslado suponía para los Medinaceli, como expresaba el marqués de Leyba, «el principio de una familia que puede averse tenido por muy ajustado ejemplo de Lealtad con sus Reyes». Sin embargo, la historiografía ha considerado el entierro del infante Alfonso de la Cerda en el monasterio de las Huelgas Reales de Burgos, pero estas cartas barrocas usadas como medio para la forja de la memoria nobiliaria parecen desmentirlo. ¿Realidad o ficción?
De demostrarse esta hipótesis, podría discutirse si el cementerio de las Huelgas Reales de Burgos fue uno de los más importantes bastiones desde los que se pudo defender los derechos de la desheredada rama real de los de La Cerda, si sólo en él se enterró a Fernando de la Cerda y no a su primogénito, Alfonso de la Cerda, el Desheredado. De hecho, como defenderemos, sostenemos que esta posición pudo tenerla la fundación del monasterio de la Orden del Carmen en el señorío de Gibraleón. Por otro lado, podría abrir una nueva hipótesis de trabajo para investigar qué personaje fue inhumado al lado de Fernando de la Cerda y por qué fue enterrado con esas vestiduras ricas.
Este artículo no solo pretende dar a conocer a la comunidad científica una carta y un memorial inéditos hasta la fecha, lo que es de por sí una aportación para las fuentes manuscritas del Siglo de Oro español, sino un estudio interdisciplinar que brinda puentes a medio camino entre la filología, la historia o la historia del arte. En última instancia, pretender ofrecer una mirada desde la historia cultural a unos hechos ocurridos en los reinos peninsulares de la Baja Edad Media hispana y que son reivindicados en el siglo XVII por el interés particular que mostró en el asunto la cultura barroca nobiliaria de la época.
I. EL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DEL CARMEN DE GIBRALEÓN: ENTIERRO DE ALFONSO DE LA CERDA Y MAFALDA DE BRIENNE
El dicho muy noble sennor don Ihoan, fiio del muy noble señor don Alffonso, que Dios perdone, por uoluntad e entendimiento que ouo de fazer bien e onrra merçed a la casa e monesterio de Santa Maria del Carmen de la su villa de Gibraleon, que el dicho sennor don Alffonso su padre, que Dios perdone, ediffico a loor e a onor de Dios de la Virgen Santa Maria, su madre, e por pro del e de su anima de los suyos e de los sus anteçesores; e otrossi por pro e honrra de la dicha su villa de Gibraleon14.
El 23 de septiembre de 134515, Juan Alfonso de la Cerda (1295-1347), II señor de Gibraleón y de El Real de Manzanares y I señor Huelva y Deza, acogía bajo su guarda y protección el monasterio de Santa María del Carmen de Gibraleón que había sido fundado en 1320 por sus padres, Alfonso de la Cerda «el Desheredado» y Mahalda de Brienne- Eu16.
El documento deja claro que los fines que motivaron la construcción del monasterio andaluz tuvieron una triple naturaleza, es decir, en honor a la Virgen María del Monte Carmelo, para la salvación de su alma y la de sus familiares y para la promoción artística de la villa de la que era señor. Esta triple causa no resulta baladí, pues Alfonso quiso fundar un convento como lugar de enterramiento y lo hizo bajo la advocación de la Orden del Carmen Calzado, habiéndose propuesto con total seguridad que los frailes proviniesen de la provincia francesa de Aquitania o de la Corona de Aragón. Así, si tenemos en cuenta que el infante Alfonso -junto a su hermano Fernando y su madre Blanca de Francia- estuvo bajo la protección del rey de Aragón Pedro III17 (hermano de Violante de Aragón, su abuela) y que en 1290 marchó a Francia buscando la ayuda de Felipe IV (rey de Francia y primo hermano), la presencia de los carmelitas no solo era espiritual, sino simbólica, ya que convertía esta primera fundación de la orden en la Corona de Castilla como verdadera fortaleza para defender los derechos de la desheredada rama real de los de La Cerda.
En el caso del monasterio de Gibraleón, sabemos de la presencia de un palacio desde la época del infante de la Cerda por la mención que de él hace Rodríguez Carretero en su Epytome historial de los Carmelitas de Andalucía y Murcia (1807):
Consta igualmente por una fábrica que allí labró el Infante para vivienda suya en la cual hay una sala que aún llaman de los Infantes, en la que se ven pintadas las armas de Castilla y las de Francia en todas las paredes de ella; las de Castilla por D. Alonso y las de Francia por su muger, como que eran personas Reales. Todo el tiempo que vivieron los dos consortes estuvo esta fábrica dividida de la clausura, más luego que falleció la Infanta abrió puerta al Convento al Sr. Infante la que aún se conservaba a finales del siglo XVII. Las mismas armas se miran pintadas en la Yglesia, los escudos castellanos hacia la parte donde se canta el evangelio y los franceses a los de la epístola18.
Por la descripción del historiador carmelita se colige que la residencia de los infantes se levantó al mismo tiempo que el convento, pero fuera de la zona de la clausura monástica. Se tiene constancia de estas estructuras en complejos monasteriales medievales asociados al rey como, por ejemplo, el monasterio de las Huelgas de Burgos19 -cuyo palacio real estaba emplazado en uno de los compases del monasterio-, el monasterio cisterciense de Poblet20 -donde el palacio de Martín el Humano se situaba en el sector occidental del monasterio-, o en el monasterio de San Isidoro de León, emplazado en el sector opuesto al claustro.
En otro orden de cosas, resulta razonable pensar que los propios infantes eligiesen la capilla de la iglesia de su monasterio como morada eterna, con el fin de unir memoria funeraria y propaganda dinástica. Si volvemos sobre lo que Rodríguez Carretero cita en el mencionado Epytome historial, al describir la capilla mayor de la iglesia conventual, advierte que en la capilla mayor hay una inscripción en una tabla que dice:
Aquí yacen los infantes D. Alonso de la Cerda y Doña Mafalda su muger, que fundaron este convento año de 1295 [...] [...] Fueron enterrados en la Yglesia de dicho Convento, y en su Capilla mayor; y así se había creído siempre, aunque no ha quedado epígrafe ni otra señal en aquel templo que su fábrica dice ser, la que tuvo desde el principio. En la Capilla mayor tendrían su sepulcro, como era debido a sugetos tan respetables, Patronos y fundadores21.
Por su parte, Antonio de Benavides en sus Memorias de D. Fernando IV de Castilla -publicadas en 1860- señala al referirse a Alfonso de la Cerda que «descansan sus restos mortales en el monasterio de Nuestra Señora del Carmen, fundado por los mismos en la villa de Gibraleón»22. Esta información es negada por Fernández de Bethencourt y afirma que Alfonso de la Cerda recibió sepultura junto a su padre, el príncipe Fernando de la Cerda, en el monasterio de las Huelgas Reales de Burgos y para ello se apoya en el testamento de la hija de Alfonso de la Cerda, Inés de la Cerda, en el que manda decir 300 misas en el citado monasterio «do yacen el infante don Fernando mio abuelo y don Alfon mio padre»23. Del mismo modo, ordena que hagan en las Huelgas un aniversario por las almas de su padre y abuelo -Fernando y Alfonso- «y porque se fagan y decir las dichas misas quinientos maravedies que partan entre si las monjas»24. Nada refiere, por otro lado, respecto al enterramiento de Mafalda de Brienne.
Empero, Fernández de Bethencourt matiza que, aunque primeramente fueran sepultados en el panteón Real de las Huelgas de Burgos, fueron llevados más tarde al monasterio del Carmen en Gibraleón. Con ello da a entender que Mafalda de Brienne tuvo que ser enterrada en las Huelgas de Burgos. Esta hipótesis la fundamenta con los autos de un pleito mantenido a mediados del siglo XVII entre el duque de Medinaceli, la duquesa viuda de Béjar -tutora del X duque de Béjar y marqués de Gibraleón- y los religiosos de la Provincia de la Orden del Carmen en Andalucía por una licencia que el de Medinaceli había pedido para trasladar al entierro de Santa María de Huerta los restos mortales de Alfonso de la Cerda y Mafalda de Brienne25.
Si no estuvieron inicialmente enterrados en Gibraleón ¿cuándo se trasladaron? Si retomamos el hilo narrativo que nos ofrece Rodríguez Carretero en el Epytome historial afirma que cuando en 1624 el prior Juan de San Elías mandó modificar la cabecera del templo -pues el altar tenía una parte en alto y otra en bajo- colocando unas gradas se halló en el hueco del altar bajo «una arqueta de poco más de media vara, muy vieja y aforrada en raso blanco acuchillado y guarnecida con franjones»26. Los frailes contemporáneos testimoniaron que los textiles estaban bien conservados y que esto era la señal de «que fueron de tiempos más recientes». Cuando se abrió la arqueta pudieron comprobar que había unos huesos muy desmenuzados y dos calaveras enteras «lo que se colige que fueron removidos y colocados allí, pues estaban tan pequeños y en arca tan corta»27. La narración termina con la identificación de los restos de un hombre y una mujer «venerándolos como huesos de los Sres. Infantes», que fueron colocados con toda solemnidad en la cavidad del altar mayor «en otra arca de igual tamaño aforrada con seda por adentro, y fuera aderezada con mucha decencia»28.
Si en 1624 el padre Juan Vázquez de Arce, que fue quien extrajo el arca, apreciaba que los textiles «estaban bien tratados, señal que fueron de tiempos más recientes» todo indica que habían sido inhumados no hacía mucho y que, desde luego, fueron despojados de esas vestiduras ricas con las que debieron ser sepultados en el período bajomedieval. Como enseguida veremos, esto entraría en conflicto, al menos, con la sepultura exhumada en 1942 en el monasterio de las Huelgas Reales de Burgos, cuya momia y ajuar textil fue identificado con el infante Alfonso de la Cerda. Por otro lado, si estaban en las Huelgas Reales de Burgos ¿qué sentido tenía trasladarlos a Gibraleón en el siglo XVII cuando este territorio era señorío del ducado de Béjar? Desde luego, no hay constancia documental de ningún traslado por ningún titular del ducado de Medinaceli en estos momentos.
II. CARTAS BARROCAS PARA UN NUEVO ENTIERRO REAL
La guerra de Restauración de Portugal (1640-1668) enfrentó a españoles y a lusos y tuvo funestas consecuencias en los territorios rayanos entre ambos reinos, siendo especialmente dura con las poblaciones ubicadas en la frontera onubense. Las razias portuguesas fueron muy severas sobre poblaciones como Aroche, Cortegana o Gibraleón, donde templos, imágenes sagradas y objetos litúrgicos fueron arrasados borrando los elementos identitarios de unos ámbitos urbanos que compartían intereses culturales a un lado y otro de la frontera29.
La extenuante guerra con Portugal estuvo especialmente activa en sus últimas fases, entre 1658 y 1665, justo cuando Antonio Juan Luis de la Cerda, VII duque de Medinaceli, ostentaba la Capitanía General del Mar Océano y Costas de Andalucía. La Corona lo había nombrado en este puesto en 1645 consciente de que se podía apoyar en este gran señor de vasallos, con dominios territoriales en El Puerto de Santa María, para garantizar la defensa de la costa atlántica andaluza.
Fue en este contexto cuando Juan Francisco de Leyva y de la Cerda, V marqués de Ladrada, regresaba a la Corte después de haber ocupado el cargo de Virrey de la Nueva España, entre 1660 y 166430. Recién llegado a la península ibérica fue a visitar a su primo, el VII duque de Medinaceli, a quien no halló en El Puerto de Santa María y fue a buscarlo a la villa de Gibraleón. En su relato señala que una vez producido el encuentro con el de Medinaceli fue con él y con el hijo de este, Tomás Lorenzo de la Cerda, III marqués de la Laguna de Camero-Viejo, a oír misa el día de San Luis rey de Francia -25 de agosto- al convento de los Carmelitas Calzados de Gibraleón. Sus palabras resultan del todo elocuentes ya que afirma: «el qual está arruynado el edifiçio intentado quemar del enemigo Portugués por tres partes, robado todo él, y con quatro u çinco religiosos solamente, en cuya miseria y ruyna se manifiesta que ni antes que viniese el enemigo dejava de serlo»31.
Efectivamente el convento carmelita debió sufrir tal saqueo, en este contexto de la guerra lusa, que el propio duque de Medinaceli comentaba irónicamente que al intentar salvar los restos familiares allí conservados: «halle intentados quemar del enemigo en esta Romería (por no llamarla Campaña)»32. No debió ser la primera vez que la Casa ducal de Medinaceli advertía sobre estas circunstancias, a juzgar por lo que recoge Rodríguez Carretero en el Epytome historial33. En cualquier caso, el marqués de Leyva
En el estavan sepultados don Alonso de la Çerda y doña Mafalda de Françia ascendentes del Duque, y suyos, en cuyos primeros nietos tuvo prinçipio la casa de los condes y duques de Medina Çeli, por graçia y merçed de los señores reyes de Castilla don Enrique el 2 y doña Juana Manuel de la Cerda, hija del infante don Juan Manuel y nieta del Infante don Fernando de la Cerda, hermano del dicho don Alonso35.
Así las cosas, el duque Antonio Juan Luis de la Cerda con el ánimo de respetar la memoria de sus antepasados entregó los restos, «cuyo cuerpo (Alfonso de la Cerda) y el de su Muger doña Mafalda estavan prevenidos en dos cajas pequeñas para caminar»36, al marqués de Leyva con la intención de que en su tránsito hacia la Corte los llevara al entierro de Santa María de Huerta, panteón de la Casa ducal de Medinaceli37.
Como ya hemos señalado, los restos habían sido reubicados en 1624 en la cavidad del altar mayor, cuya reforma generó unas nuevas gradas, y si en 1664 estaban exhumados la razón no era otra que el saqueo y el expolio del enemigo luso. Así, el propio duque de Medinaceli afirmaba que las arquetas se encontraron «debajo de la cama de un frayle en una vil caja de madera, despojados de la deçençia de sus Atahudes con que se enterraron»38. Hemos de suponer que el traslado de Gibraleón a Huerta se debió de realizar con éxito.
Sin embargo, los patronos de entonces, los duques de Béjar y marqueses de Gibraleón debieron quejarse a la Corona, pues consta que el duque de Medinaceli recibió
En ella razona que no considera que haya mermado los intereses de los duques de Béjar, pues no le correspondían ni los derechos naturales sobre la fundación de este antiguo patronato, ni los cuerpos allí sepultados. Así, refuerza el argumento con el hecho de que los escudos son de La Cerda y no Béjar «es así que se enterraron en aquel convento que fundaron, i dotaron, cuyas Armas de Çerda se conservan hasta oy día pero no las de la casa de Bejar»39.
Por otro lado, apela al ejercicio de la buena voluntad, pues si se hubiese dado el caso contrario, es decir, haberse saqueado la capilla de los Béjar40, estaba convencido de que el marqués de Gibraleón se lo hubiera agradecido, ya que en el ejercicio de su cargo actuaba como un «hombre honrrado, i Capital General del Rey nuestro señor, no consintiendo que estas ceniças frias, virtuosas, i leales bolviesen a arder a manos de un Revelde»41.
Por todo ello, esta misiva debe ser entendida como un instrumento de expresión del descontento del de Medinaceli, detrás de la cual se encierra un gesto de desconsuelo, pero a la vez de memoria para promocionar sus intereses propios. No cabe la menor duda de que Antonio Juan Luis de la Cerda dominaba el arte de la correspondencia cortesana, de sobra es conocida su relación personal y epistolar con Francisco de Quevedo y Villegas42, y desplegaba un repertorio clásico de expresiones o refranes como el que se incluye en el final de la carta «Desdichado tiempo (Excelentísimo Señor) la Monarchia se nos pierde y tomamos la empanada por el repulgo»43. En ella el duque no deja de manifestar su perplejidad por cómo la Corte se preocupaba de un asunto como este, que considera insignificante, mientras Portugal intentaba conseguir su independencia de la Corona española. En definitiva, Medinaceli era un hombre culto como lo elogia Astrana Marín, y manejaba muy bien los discursos y narrativas:
Resplandeció el duque de Medinaceli [...] como uno de los hombres más insignes, sabios, magnánimos y generosos de su siglo. Docto en ciencias y en letras, erudito profundo, dominaba el latín, el griego y el hebreo, y llegó a ser una autoridad como teólogo y escriturario44.
Al mismo tiempo, mediante esta misiva, el de Medinaceli parece manipular la información para reforzar su perfil de capitán general del Mar Océano y Costas de Andalucía, haciéndose insustituible para el nuevo monarca y su regente. Sin embargo, en realidad, constituía una simbiosis de mutuos intereses. No obstante, el duque parece más bien recordar los servicios prestados, como era habitual en estas misivas, para reforzar la solicitud que se cursaba. De hecho, justifica que fue gracias a este cargo como fue a Gibraleón:
Y que esto sea por mano del mismo Rey natural, i de su madre i tutora, a quien estoy sirviendo y que su mismo servicio me hiço encontrar con esta obligaçión, como VE verá por la copia de ese memorial que mi Primo el Leiba puso en las manos de la Reyna nuestra señora45.
Por otro lado, alude a la obligación moral y la refuerza con la del ánimo, esa capacidad humana de experimentar emociones y afectos, que padece tristeza y conturbación en el alma de un buen cortesano y capitán que se compara con David, un rey justo y guerrero, pues, «fue varón a la medida del corazón de Dios, i se quexó quando dixo Pso 6 conturbata sunt ossa mea, et Anima mea turbata est valde»46. Junto a ello, se refiere a la naturaleza de la súplica por los difuntos y cita el De Cura pro Mortuis gerenda de San Agustín, para justificar el traslado de los restos de Gibraleón a Huerta, señalando cómo es obra de piedad reunir los cuerpos de los difuntos familiares para un mejor descanso eterno47.
El final de la carta es el ejemplo de la forja de la memoria nobiliaria junto a la crítica en el cambiante escenario de la lucha política en la monarquía del Siglo de Oro. El de Medinaceli justifica estos traslados como un servicio a la Corona, teniendo en cuenta el origen regio de esta casa ducal «ni que aya parte que merezca más amparo de los Reyes que mi casa, ni a quién tenga la Corona de Castilla más obligaçión»48. En definitiva, esta memoria de un particular, «saber de gobierno» al decir de Bouza49, se convierte en un instrumento para conseguir intereses familiares que justifican, por otro lado, los servicios de un duque a una dinastía representada por el último monarca de la rama española de los Habsburgo, un rey «ni tan hechizado ni tan decadente»50:
después de aver cumplido con la obligaçión natural, i de Capital General de esta Provincia, no me embaraza el ser parte para cumplir con la de consejero de estado en la menor edad de mi señor, de mi Rey, i de mi Amo nuestro señor51.
Por su parte, el memorial de Francisco de Leyva y de la Cerda refuerza esta misma argumentación ofreciendo datos muy precisos desde el punto de vista histórico. Así señala cómo Alfonso de la Cerda y Mafalda, Infantes de Castilla, eran los señores de Gibraleón y esta villa formaba parte del conjunto de sus posesiones a raíz de la renuncia de los derechos que el Infante tenía a la Corona de Castilla. Este fue el hecho que motivó la fundación, patronato y entierro en el Carmen de Gibraleón que dotaron con 8.000 ducados de renta.
Pese a esta circunstancia, menciona el conflicto posterior entre los de La Cerda y los Pérez de Guzmán por la posesión de la villa de Gibraleón que fue resuelto por los jueces árbitros -el condestable Ruy López-Dávalos y el electo arzobispo de Toledo don Gutierre- el 26 de mayo de 1401, a favor de las hijas de Alvar Pérez de Guzmán, doña Isabel y doña Juana52. Así, la posterior alianza entre los Guzmán y los Zúñiga, pronto creados duques de Plasencia y Béjar, hizo que Gibraleón se convirtiese en villa marquesal de la Casa de los duques de Béjar los cuales no parece que tuvieran demasiado aprecio a esta fundación, pues como bien señala Leyva:
afligiendo el convento con Pleytos y haogándole con otras fundaçiones han querido borrar de sus estado la memoria que no puede ser suya, y llegó a tanto que es constante que exumaron los Cuerpos los religiosos y le quitaron el terçiopelo de los atahudes y la clavazón de plata que tenían, aviendo hoy Personas vivas que se acuerdan dello, y de las unas bolsas de Corporales de que usaban del terçiopelo de las cajas53.
La prosa con la que el marqués de Ladrada, primo del duque de Medinaceli, termina el memorial viene siendo un elogio a la monarquía y a los de La Cerda, que ostentaban la línea primogénita de los antiguos monarcas castellanoleoneses de la dinastía borgoñapalatina, donde suplica que permita el traslado de estos restos a Huerta para que descansen con sus familiares con la debida decencia, que justifica
debida a la magnanimidad de los Señores Reyes anteçesores de Vuestra Magestad no se buelvan a la indeçençia de aquella ruina, al desamparo de un lugar ajeno, y al riesgo de las Armas del rebelde, pues fueron principio de una familia que puede averse tenido por muy ajustado ejemplo de Lealtad con sus Reyes54.
III. EL MONASTERIO DE LAS HUELGAS REALES: CEMENTERIO DE LOS INFANTES DE LA CERDA
En el transcurso de los preparativos para emprender una campaña bélica contra los musulmanes del sur peninsular, fallecía de forma inesperada Fernando de la Cerda (Ciudad Real, 1275), malogrado primogénito de Alfonso X, el Sabio. Como recoge la Crónica Real «lleváronlo á enterrar á las Huelgas de Burgos, ca allí avía él escogido su enterramiento; é don Juan Nuñez fué con el cuerpo deste infante á lo facer enterrar»55. Aunque él había dispuesto descansar en el monasterio de Santa María de las Huelgas Reales de Burgos -una fundación de Alfonso VIII y Leonor (1187) destinada a panteón real- su prematura muerte (con apenas 19 años) habría impedido cualquier disposición personal sobre la forma de inhumarse. De hecho, la citada crónica alfonsí lo omite, si bien ofrece el dato del espacio en el que lo hace, es decir, en la iglesia del monasterio56.
La referencia cronística es el fundamento de la hipótesis de Sánchez Ameijeiras57 respecto a que su sepulcro -una suerte de arcosolio que separa el primer tramo de la colateral norte del coro- fuese el primero de la familia real en alojarse en el coro58. Conviniendo con ella, Abella Villar59 defiende la vinculación de la reina Violante de Aragón, madre de Fernando de la Cerda y defensora de los intereses de sus sucesores, con esta fundación, y ambos60 coinciden en relacionar a la reina con la consagración de los cementerios llevada a cabo el 4 de septiembre de 127961. Así, lo que se ha denominado como el «proyecto cementerial de Las Huelgas» puede ser leído como un instrumento de exaltación de la condición de Fernando de la Cerda, malogrado primogénito real, como legítimo heredero, lo que lleva a Gómez-Chacón a proponer que este fue el motor que impulsó a Violante de Aragón a donar a las Huelgas el díptico-relicario de Santa Úrsula62.
En cualquier caso, no cabe duda del enterramiento de Fernando de la Cerda en las Huelgas entre otros motivos porque con independencia de que las armas de su ataúd fueran repintadas con posterioridad63, el escudo cuartelado que orna el gablete de su tumba representa las armas reales64 (fig. 3):
Respecto al enterramiento de su primogénito, Alfonso de la Cerda, tenemos el testimonio de su hija, Inés de la Cerda, que afirmaba en su testamento de 1354 que su padre se encontraba sepultado junto a su abuelo en las Huelgas y, por ello, mandaba decir 300 misas. Esta noticia junto al hecho de que el sepulcro tuviese labores en relieve de octógonos entrelazados, con castillos y leones, y trama de lises de Francia, es lo que lleva a Gómez Moreno a identificarlo con el infante Alfonso de la Cerda65. Esta hipótesis la refuerza con la disposición del sarcófago, pues se encontraba delante del sepulcro de Fernando de la Cerda, «y tan arrimado que para ello se cercenaron los leones de sustentación del mismo»66. El insigne investigador rompía con la tradición del monasterio que atribuía estos sepulcros al emperador Alfonso VII (Infante Fernando) y a Sancho III el Deseado (Infante Alfonso)67 (fig. 4):
¿Qué llevaría a la señora de Bembibre a afirmar que su padre yacía en el monasterio de las Huelgas? Pensamos que reflejar la realidad a juzgar por el encargo de las misas. Su primer testamento fue redactado en 135468, diecinueve años después del fallecimiento de su padre (1335) quien dejó en sus últimas voluntades a su esposa, Mafalda de Brienne- Eu, como albacea (1334). Esta señora falleció en 1348 y todo apunta a que su cadáver recibiera cristiana sepultura en el monasterio de El Carmen de Gibraleón. No sería descabellado pensar que su marido, Alfonso de la Cerda, pudo ser depositado provisionalmente en las Huelgas y que después fuese trasladado a Gibraleón, a partir de 1354 -con posterioridad al testamento de Inés de la Cerda- para ser inhumado junto a su mujer. Se trata de una hipótesis de trabajo teniendo en cuenta que resulta extraño, a priori, que no se recogiera documentalmente un traslado de restos tan importante en la segunda mitad del siglo XIV.
Así las cosas, es la única hipótesis plausible teniendo en cuenta que en el siglo XVII se encontraban enterrados en Gibraleón, pues no tendría sentido que se le hubiera traslado desde las Huelgas a la villa onubense con posterioridad a 1401, fecha en los que los de La Cerda dejan de tener la villa en señorío pasando a manos de los Pérez de Guzmán.
En cualquier caso, en intenciones el monasterio de las Huelgas de Burgos pudo ser para la reina Violante un lugar para la exaltación de la condición de Fernando de la Cerda como primogénito real y que su reorganización sepulcral de 1279 pudiera venir motivada por la instalación de la tumba de su hijo fallecido en 127569. Ahora bien, de ahí a considerar que con posterioridad este monumento funerario se hubiese convertido en un símbolo de los derechos de su rama dinástica, frente a la damnatio memoriae del rey Sancho70, podría ser discutido teniendo en cuenta que no se enterró allí ningún miembro más de la familia.
IV. CONCLUSIÓN:
EN BUSCA DE UNA MOMIA CON BIGOTE Y BARBA POCO CRECIDO
Aunque los documentos son también susceptibles de cambios, «quizá no tanto en el desdibujamiento de la tinta como de los filtros mentales de sus redactores y lectores»71, la carta y el memorial que el VII duque de Medinaceli y el V marqués de Ladrada dirigían a la reina regente en 1666, no permite otra forma de interpretar la realidad más allá de corroborar que los restos de Alfonso de la Cerda y Mafalda de Brienne-Eu se encontraban en esa fecha en el monasterio de El Carmen de Gibraleón. Si bien Antonio Juan Luis de la Cerda pedía su traslado al monasterio de Santa María de Huerta, y no sabemos si se llegó a realizar, lo que parece obvio es que no regresaron a las Huelgas de Burgos, de donde debió salir, al menos, Alfonso de la Cerda, entre el testamento de su hija (post quem 1354) y la pérdida del señorío de Gibraleón (ante quem 1401).
El 15 de mayo de 1943, en una comisión presidida por el marqués de Lozoya, en esos momentos director general de Bellas Artes, e integrada por otras personalidades, fueron examinados veintiocho sepulcros de las naves de San Juan Evangelista, Santa Catalina y central de la iglesia de las Huelgas, en presencia de la madre abadesa, Esperanza Mallagaray72. Así, la comisión encargó a Manuel Gómez Moreno un estudio definitivo del hallazgo, quien realizó un análisis exhaustivo de los yacimientos y una catalogación del fondo textil de las tumbas73.
El sepulcro anexo al Infante Fernando de la Cerda, como ya dijimos, fue identificado con el de su hijo Alfonso de la Cerda. El propio historiador describía lo hallado en él «la momia tiene bigote y barba poco crecidos, y una cuerda entrelazada ciñe una de sus pantorillas»74. A la luz de los datos documentales que hemos aportado, cabe dudar de que esta momia sea la del Infante Alfonso de la Cerda. ¿Quién entonces se pudo enterrar al lado de un príncipe heredero al trono? Sabemos que ningún hijo legítimo de Alfonso X habido con Violante de Aragón, a pesar de que se ignora el lugar de enterramiento del infante Jaime, señor de los Cameros, se inhumó en este recinto.
Manuel Gómez Moreno en su estudio señalaba que la tumba XIX correspondía a Fernando, un hijo habido fuera del matrimonio y en su juventud por Alfonso X el Sabio, al que le atribuye una cofia de calderos y propone la hipótesis de que fuera los timbres heráldicos de la familia Guzmán de dónde debía de descender su progenitora75.
La historia tiene constancia de los cinco hijos del rey Alfonso X habidos fuera del matrimonio con la reina Violante, es decir, Berenguela Alfonso (con María Alfonso de León), Alfonso Fernández, el Niño (con Elvira Rodríguez de Villada), Beatriz señora de Alcocer (con Mayor Guillén de Guzmán) y Urraca Alfonso y Martín Alfonso, XII abad de Valladolid, de los que no se conoce progenitora. De los dos varones, se duda dónde fue enterrado Alfonso Fernández, el Niño. ¿Podría corresponder a uno de estos la momia con bigote y barba poco crecido?
Así, la propuesta de identificación de la tumba anexa a la del Infante Fernando de la Cerda con Alfonso Fernández el Niño, hijo ilegítimo de Alfonso X fallecido en 1281, obliga, de ser cierta esta hipótesis, a plantear una pregunta nuclear: ¿en qué lugar de la iglesia de las Huelgas fue enterrado entonces Alfonso de la Cerda? La propia categoría del difunto y las 300 misas que encarga su hija Inés en 1354 parecen exigir un enterramiento destacado. De momento, no tenemos argumentos que permitan responder con solidez científica a esta cuestión.
Si Alfonso de la Cerda no descansó finalmente en las Huelgas, como tampoco lo hizo su hermano Fernando de la Cerda, pues recibió enterramiento en el convento dominico de San Pablo de Burgos, es complicado entender el espacio del cementerio de las Huelgas como un panteón de la primogenitura desheredada, por más empeño que pusiera (que lo puso) la reina Violante de Aragón.
Así las cosas, las especiales condiciones con las que se llevó a cabo la fundación del convento de El Carmen de Gibraleón por Alfonso de la Cerda, donde tuvo incluso anexo un palacio, y la confirmación posterior de los privilegios por parte de los miembros del linaje, nos sitúan en un espacio de memoria con verdadero valor espiritual y simbólico, lo que explica que sus fundadores recibieran sepultura en él. La pérdida de Gibraleón en 1401 y el hecho de que Isabel de la Cerda, la biznieta de Alfonso de la Cerda en la que recayeron todas las posesiones del linaje, se enterrara junto a su marido en el monasterio de Santa María de Huerta, en 1385 y 1381 respectivamente, hicieron que cayese en el olvido. El monasterio hortense se convirtió en el panteón oficial de los de La Cerda.
En 1666 un descendiente suyo, Antonio Juan Luis de la Cerda, VII duque de Medinaceli, preocupado por la forja de la memoria familiar, rescataría este asunto del olvido utilizando la mejor arma defensiva de la que gozó el Siglo de Oro, la correspondencia epistolar.
El análisis de estas dos cartas, de no muy larga extensión, no permite, desafortunadamente, apuntalar mejor el marco comprensivo para entender las relaciones entre el de Medinaceli y el conde-duque de Olivares. En cualquier caso, la coyuntura política específica que atravesaba Juan Luis de la Cerda le obligaba a reforzar su identidad mediante estas estrategias de linaje, como era este intento de recuperar los huesos de sus antepasados.
No hemos encontrado referencias documentales sobre las respuestas dadas por la Corona a estas misivas, por lo que resulta muy difícil conocer cómo terminó este pleito entre la Casa de Béjar y la Casa de Medinaceli. Por ello, no podemos asegurar si el duque tuvo que devolver finalmente los huesos o si acabaron finalmente descansando, como es nuestra hipótesis de trabajo, en Santa María de Huerta, siendo llevados en el siglo XIX a la Colegiata de Medinaceli tras la desamortización del monasterio soriano.
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