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La divulgación es esencial para la ciencia y una de las principales funciones sociales del conocimiento.
Juan Pedro Laclette y Alonso Fernández Guasti*
Desde el inicio del siglo xx, el desarrollo científico y tecnológico de México ha sido lento, pero constante; aún es modesto, en comparación con las potencias científicas del mundo. Sin embargo, nuestro país cuenta con una comunidad científica de calidad, constituida por académicos formados en instituciones nacionales e internacionales que realizan aportaciones significativas en campos muy diversos. Contamos con matemáticos, astrónomos, físicos, químicos, biólogos, economistas, sociólogos, antropólogos, arqueólogos, además de filósofos y especialistas en humanidades, entre muchas otras disciplinas. Si el desarrollo es modesto, la visibilidad e impacto social de la ciencia que se desarrolla en México es todavía menor, por lo que la divulgación científica adquiere un papel fundamental. No se trata únicamente de una tarea complementaria al trabajo de los científicos, sino de un aspecto esencial del quehacer científico: la divulgación permite tender puentes entre el conocimiento especializado y la ciudadanía. Sin esa mediación, la ciencia corre el riesgo de permanecer desconectada de los problemas y las necesidades de la sociedad que la sostiene. Por otro lado, sin esos lazos, la sociedad carece de información sobre el quehacer científico mayoritariamente apoyado por instancias gubernamentales.
En las últimas décadas, México ha construido una infraestructura científica considerable: contamos con universidades y centros públicos de investigación de alto nivel en todas las entidades federativas; ambos tipos de instituciones son el principal sustento de la investigación en ciencias y humanidades. Asimismo, tenemos un sistema de posgrados extensamente distribuido que forma científicos de clase mundial. El Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras (snii) ya rebasa los 35 000 científicos certificados. En campos como las ciencias químico-biológicas, la física, la medicina, la ingeniería, las ciencias sociales y las humanidades se han logrado avances relevantes, así como una participación cada vez mayor en redes internacionales. Sin embargo, el desarrollo científico del país continúa siendo desigual y limitado. La inversión en investigación y desarrollo rara vez ha superado 0.4% del pib, una cifra muy inferior a la de los países desarrollados. Esta brecha se traduce en infraestructura insuficiente, en la precariedad laboral de muchos jóvenes recién graduados y en una capacidad de innovación tecnológica muy limitada. A pesar de ello, la comunidad científica mexicana ha mostrado una clara resiliencia. Durante varias décadas se han mantenido líneas de investigación sólidas y productivas, y se han desarrollado otras novedosas que han contribuido al progreso del país. Es en este contexto donde la divulgación científica desempeña un papel decisivo: visibilizar el valor de la ciencia y explicar sus beneficios a la población.
Una primera conclusión de este análisis, ya mencionada arriba, es que la divulgación científica es una de las principales funciones sociales del conocimiento. Mediante ésta, la ciencia adquiere un rostro humano, se vuelve comprensible y accesible, y contribuye a la formación de una ciudadanía crítica y participativa. En un país con las desigualdades y desafíos educativos de México, la divulgación cumple una función democratizadora: permite que el conocimiento científico llegue a públicos diversos, incluidos sectores que han estado alejados del mundo académico. Los medios de comunicación, las redes sociales, los museos interactivos, las ferias científicas, las revistas de divulgación y los programas educativos son herramientas que permiten acercar la ciencia a la vida cotidiana. La divulgación también cumple una misión estratégica, pues fortalece la cultura científica de la población. Una sociedad informada sobre temas como la salud pública, la energía, el medio ambiente, el cambio climático o la inteligencia artificial puede tomar decisiones más responsables y basadas en evidencia. Además, al mostrar que la ciencia es una actividad creativa, apasionante y profundamente humana, se estimula la curiosidad y se despierta el interés de los jóvenes por dedicarse a ella.
La captación de vocaciones científicas es uno de los retos más importantes para el futuro de México. En un contexto global, donde la ciencia y la tecnología determinan el desarrollo económico y social de los países, necesitamos acrecer nuestra comunidad científica y convertirla en un motor principal para alcanzar un desarrollo sostenible. Sin embargo, muchos jóvenes desconocen lo que significa dedicarse a la investigación o no encuentran modelos que los inspiren. Es aquí donde la divulgación juega un papel crucial: cuando la ciencia se comunica con claridad, cuando se narran sus logros, sus desafíos y sus historias humanas, los jóvenes pueden identificarse con los científicos que, mediante el estudio y la creatividad, buscan comprender y transformar el mundo. Las vocaciones no nacen sólo en los laboratorios o en las aulas universitarias, sino muchas veces en la lectura de un artículo de divulgación, en una charla inspiradora o en un programa de televisión que muestre la belleza del conocimiento. Para lograrlo, la divulgación debe ser atractiva, veraz y culturalmente significativa. No basta con simplificar los conceptos técnicos; es necesario contar historias que conecten con la realidad del público en general, mostrar cómo la ciencia incide en los problemas cotidianos y cómo su desarrollo puede mejorar la calidad de vida y el bienestar social. Así, la segunda conclusión de nuestro análisis es que la divulgación de la ciencia es crucial para captar nuevas vocaciones que permitan lograr la masa crítica de científicos que se convertirá en el motor del desarrollo nacional.
La ciencia moderna es un sistema complejo e interdependiente. El progreso no depende únicamente de las llamadas “ciencias duras" —física, química, biología o matemáticas—, sino también del aporte de las ciencias médicas, las ciencias sociales y las humanidades. México cuenta con ejemplos notables de investigación interdisciplinaria: desde proyectos en biomedicina que combinan biología molecular, ingeniería y ciencias sociales, hasta estudios sobre el cambio climático que integran datos geofísicos, ecológicos y médicos con análisis socioeconómicos. Adicionalmente, hoy se considera que la ciencia y la tecnología forman una díada que se retroalimenta mutuamente: la ciencia produce avances tecnológicos, pero también la tecnología produce avances científicos. La divulgación científica debe reflejar esta diversidad y mostrar que todas las disciplinas contribuyen al entendimiento del mundo desde perspectivas complementarias. Las ciencias exactas aportan los modelos y las leyes que explican el universo físico; las ciencias químico-biológicas y médicas buscan comprender la vida y mejorar la salud humana; las ciencias sociales analizan las estructuras, los comportamientos y los procesos colectivos; y las humanidades nos ayudan a pensar críticamente, a valorar la ética, la historia y la cultura en la que se inserta todo conocimiento. En ese sentido, una divulgación equilibrada debe evitar el sesgo que privilegia sólo ciertos campos como “científicos" y relega otros a la periferia. La ciencia y la cultura forman parte de una misma empresa humana: la búsqueda de sentido, de verdad y de bienestar. En un terreno más práctico, la ciencia y la cultura son tanto un bien común como un asunto de seguridad nacional, por lo que fomentar el diálogo entre estas áreas fortalece el pensamiento crítico y enriquece nuestra comprensión del mundo para permitirnos navegar como nación y proyecto cultural en el entorno complejo e incierto de nuestros días.
En México, la divulgación científica ha avanzado notablemente en las últimas décadas. Instituciones como la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Politécnico Nacional, el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados, la Universidad Autónoma Metropolitana, numerosas universidades públicas y múltiples centros de investigación en los diferentes estados del país, así como la Academia Mexicana de Ciencias han impulsado iniciativas para acercar la ciencia al público. Las revistas ¿Cómo ves? o Ciencia, museos como Universum en la Ciudad de México, el Museo Trompo Mágico o el Centro de Ciencias de Sinaloa, el Museo del Desierto en Saltillo y eventos como la Semana Nacional de Ciencia y Tecnología, la Semana del Cerebro, las Noches de las Estrellas, entre muchas otras instituciones y actividades, son ejemplos de esfuerzos sostenidos para comunicar la ciencia de manera atractiva y accesible. La Secretaría de Ciencias, Humanidades, Tecnología e Innovación (antes Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología o Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías) ha cumplido también una importante labor de impulsar la divulgación de la ciencia.
El fortalecimiento de los medios digitales ofrece nuevas oportunidades. Las plataformas en línea, los podcasts, los videos educativos y las redes sociales son espacios poderosos para difundir el conocimiento y despertar el interés de los jóvenes y aumentar la conciencia social. Al mismo tiempo, la divulgación científica enfrenta hoy un entorno complejo: por un lado, vivimos en una era de sobre- y desinformación, en la que las noticias falsas, las teorías conspirativas y el escepticismo hacia la ciencia se propagan con facilidad; por el otro, las nuevas tecnologías abren posibilidades inéditas para comunicar el conocimiento de manera rápida, interactiva y personalizada. Ante estos retos y ventajas, México necesita aprovechar estas herramientas para fortalecer la confianza social en la ciencia, lo que implica una colaboración estrecha entre investigadores, comunicadores, educadores y autoridades. La divulgación no debe ser una tarea aislada, sino parte de una política de Estado orientada a promover la cultura científica como un bien público. Además, es importante fomentar el acceso equitativo a la información científica, pues las brechas digitales y educativas limitan la participación de amplios sectores de la población, por lo que la divulgación incluyente debe considerar la diversidad lingüística y cultural del país e incorporar estrategias adaptadas a comunidades rurales e indígenas.
Pese a las limitaciones y desafíos, el futuro de la ciencia y la divulgación científica en México puede verse con optimismo. La calidad de nuestros investigadores, la consolidación de posgrados de excelencia y el creciente interés social por el conocimiento constituyen una base sólida para avanzar. El país dispone de jóvenes talentosos, curiosos y con espíritu crítico, así como de instituciones académicas comprometidas con la formación y la investigación, y también de una sociedad cada vez más consciente de la importancia del conocimiento para el desarrollo. Si se logra un equilibrio adecuado entre la producción científica, la formación de nuevos científicos y la divulgación de la ciencia, México podrá fortalecer su cultura científica y proyectar su creatividad en el concierto internacional.
Ahora bien, el crecimiento de la ciencia en México depende de la voluntad de quienes toman las decisiones. En este sentido, es esencial valorar el conocimiento, sostener políticas públicas estables y hacer de la divulgación una herramienta estratégica para la educación y la innovación. Divulgar ciencia es una forma de sembrar el futuro, pues forma mentes curiosas, inspira a los jóvenes y contribuye a una sociedad más informada y libre. La divulgación representa no solo una parte integral del quehacer científico, sino una actividad estratégica para lograr que nuestro país ponga en práctica una política en favor del conocimiento hasta convertirlo en un motor para el desarrollo sostenible de México.
* Juan Pedro Laclette San Román es maestro en Ciencias (especialidad de Bioquímica) por el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del ipn y doctor en Investigación Biomédica por la unam. Es especialista en taeniasis-cisticercosis y amebiasis. Actualmente, es director de la revista Ciencia, de la Academia Mexicana de Ciencias. Alonso Fernández Guasti es maestro en Fisiología por la unam y doctor en Fisiología por el Cinvestav. Sus líneas de investigación son las interacciones entre hormonas y fármacos que actúan en el sistema nervioso central y los receptores a esteroides en el sistema nervioso central. Fue el anterior director de la revista Ciencia.
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