En el universo del utilitarismo, en efecto, un martillo vale más que una sinfonía, un cuchillo más que una poesía, una llave inglesa más que un cuadro: porque es fácil hacerse cargo de la eficacia de un utensilio mientras que resulta cada vez más difícil entender para qué pueden servir la música, la literatura o el arte1.
Sólo es realmente hermoso lo que no sirve para nada. Todo lo que es útil es feo, porque es la expresión de alguna necesidad y las necesidades de los hombres son ruines y desagradables, igual que su pobre y enfermiza naturaleza. El rincón más útil de una casa son las letrinas2
En un exquisito libro titulado Catarsis. Sobre el poder curativo de la naturaleza y del arte, el eminente cardiólogo polaco Andrzej Szczeklik afirma: La medicina y el arte parten del mismo tronco. Ambos tienen origen en la magia (...) Una fórmula mágica, debidamente pronunciada, trae la salud y la muerte, la lluvia y la sequía, evoca los espíritus y revela el porvenir3. De ahí su empeño en reivindicar la noción de katharsis en torno a la que, tradicionalmente, se anudaban medicina y arte por su capacidad, cada uno a su manera, de purificar el cuerpo y el alma humanas. Y digo tradicionalmente porque, aunque nunca expresado de manera explícita, un halo melancólico titila en el libro de principio a fin: el ocaso del médico humanista sepultado por el fetichismo de la tecnología. Y es que buena parte de las cuestiones a las que se confrontan persistentemente los profesionales de la sanidad hoy son menos de índole técnica que humana: ¿cómo sanitarios y enfermos gestionan su individualidad en el contexto de la enfermedad y en el seno de una institución que tiende a despersonalizarlos? ¿cómo, más allá de protocolos e indicaciones probadas, se atiende al enfermo concreto y su variada reacción a la enfermedad? ¿cómo, en fin, se es capaz de percibir lo que ese otro reclama de uno en una situación a menudo de vida o muerte y atravesada por el dolor y el sufrimiento?
Por supuesto que el arte nada puede aportar a la mejor prevención, identificación, comprensión y tratamiento de la patología. Sí, por el contrario, al trastorno existencial que ésta genera a ambos lados de la enfermedad: tanto del lado del equipo médico como del enfermo y sus allegados. De ahí que asistamos con asombro a la ausencia de cualquier atisbo, por decirlo a la manera clásica, de "formación humanística" en los planes de estudio del personal sanitario. La filósofa norteamericana Martha C. Nussbaum lleva años advirtiendo larga y profusamente sobre el peligro que entraña erradicar materias y carreras relaciondas con las artes y las humanidades, consideradas como ornamento inútil, en favor de lo que ella denomina educación para la renta:
Sedientos de dinero, los sistemas nacionales y sus sistemas de educación están descartando sin advertirlo ciertas aptitudes que son necesarias para mantener viva la democracia. Si esta tendencia se prolonga, las naciones de todo el mundo en breve producirán generaciones enteras de máquinas utilitarias, en lugar de ciudadanos cabales con la capacidad de pensar por sí mismos, poseer una mirada crítica sobre las tradiciones y comprender la importancia de los logros y los sufrimientos ajenos4.
De ahí la necesidad y pertinencia de una revista como ésta, de la que nos congratulamos en celebrar su décimo aniversario, capaz de cubrir algún flanco que la Academia tiende a dejar al descubierto. Por qué, si no, ese empeño en vincular las narraciones cinematográficas a un ámbito aparentemente tan lejano de ellas como es el de la medicina. Por qué, si no, tanta dedicación, esfuerzo y tiempo; tanta reflexión, compilación y análisis. Por qué, si no, decenas de números, cientos de artículos, miles de palabras escritas en torno a ese arte bastardo, fruto de la industria y la creatividad humana, que es el cine y ese cruce de caminos, entre la ciencia y el arte, que es la medicina.
El lector avezado, nada más leer el título que encabeza estas palabras, habrá identificado inmediatamente su origen y procedencia. Se trata de un libro recopilatorio de seis escritos que el filósofo Stanley Cavell dedica al cine desde su particular concepción filosófica5. Pese a la disparidad de los temas tratados en este texto hay una serie de ideas rectoras que lo atraviesan de principio a fin. En primer lugar, la idea de la contribución del cine al "perfeccionismo moral" en el sentido que le otorgaba Raphl Waldo Emerson del que, junto a Henry David Thoreau, el autor siente deudor; en segundo lugar, la idea del cine como arte de la democracia en tanto que espectáculo de masas y, consecuentemente, socializador del conocimiento; por fin, y esta es la cuestión que más me interesa, la idea del cine como procurador de experiencias: algo acontece tanto durante la película como, posteriormente, en nuestro reencuentro con, en feliz formulación de Cavell, la inquietante extrañeza de lo cotidiano.
Porque no se trata de que algunas películas ilustren con mayor o menor acierto cuestiones que interesan a la filosofía o de que nos provean de modelos de vida buenos, satisfactorios y edificantes. No es cuestión de mostrarnos cuál es el camino hacia el bien, la senda recta, el proceder exacto. Tampoco cómo hemos de vivir ni cómo hemos de actuar. La única verdadera función moral del cine es la de contribuir a enseñarnos a ver lo que nos rodea de otra manera. De ver al otro de manera más empática. De hacernos más receptivos a los demás y a sus circunstancias. Pues frente a vanas proclamas del arte por el arte, del arte ajeno a cualquier utilidad social o moral, no puede obviarse que, concretamente las narraciones, colocan al ser humano en el centro de su atención; ponen en escena hombres y mujeres que, en cierto modo, se nos parecen; los dotan de atributos físicos y morales que los diferencian; les dan la capacidad de hablar, de expresarse, y de actuar, de emprender acciones; los inscriben en conflictos que cada cual enfrenta a su manera, en su circunstancia concreta y según los recursos de su propia biografía.
Ya lo he expresado en alguna otra ocasión. La filosofía, también la ciencia, trabaja con universales, las narraciones con particulares. También el personal sanitario o dedicado al cuidado de los demás. Es cosa bien sabida: no existe la enfermedad, existe el enfermo. Las decisiones nunca se toman en abstracto, sino sobre seres humanos concretos e inscritos en específicas circunstancias. De ahí que el saber ejercido en nombre del curar y del cuidar sea, consecuentemente, un saber prudencial que, junto a los principios, debe prestar atención al intransferible proyecto de vida del enfermo. Y esa es una de las grandes virtudes de las películas: su capacidad de contextualización; su atención al detalle, a lo efímero, a lo singular, a lo contingente; su posibilidad de hacer que el arquetipo, el principio o la idea se encarne, se haga carne, adquiera rostro. Rostro humano.
Así, a la cuestión sobre si determinadas películas contribuyen, literal y metafóricamente, a la salud de la ciudadanía, a forjar mejores sanitarios, la Revista de Medicina y Cine lleva diez años contestando afirmativamente. Felicidades.
Referencias
1. Ordine N. La utilidad de lo inútil. Manifiesto. Barcelona: Acantilado; 2013. p. 12.
2. Gautier T. Mademoiselle de Maupin (Prefacio). Barcelona: Mondadori; 2007. p. 29.
3. Szczeklik A. Catarsis. Sobre el poder curativo de la naturaleza y del arte. Barcelona: Acantilado; 2010. p. 23.
4. Nussbaum M.C. Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades. Madrid: Katz; 2010. p. 20.
5. Cavell S. El cine, ¿puede hacernos mejores? Madrid: Katz; 2008.
Iñigo Marzabal
Departamento de Comunicación Audiovisual. Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación. Universidad del País Vasco (España).
Correspondencia: Iñigo Marzabal. Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación. B° Sarriena s/n. 48940 Leioa (España).
e-mail: [email protected]
Recibido el 4 de diciembre de 2014; aceptado el 7 de diciembre de 2014.
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