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El Evangelio según Van Hutten Abelardo Castillo Seix Barral, Buenos Aires, 1999.
Transcurridos casi cuarenta años desde la publicación de Las otras puertas, su memorable primer libro de cuentos, que obtuvo el Premio Casa de las Américas 1960, Abelardo Castillo (San Pedro, Buenos Aires, 1935) es ya uno de esos autores que marcan poderosamente la historia de la literatura del país al que pertenecen. Indispensable cuentista, las incursiones que realiza en otros géneros, como sucede con los maestros que dominan una disciplina y tantean en otros campos, suelen estar acompañadas de unos ciertos reparos por parte de sus seguidores, pero en ésta su tercera novela demuestra que los temores son totalmente infundados, porque se trata de un avezado artista. Sabe que el cuento necesita imperiosamente de un final, que desde el principio se orienta en la búsqueda del desenlace que le permita incorporate en la historia y, en cambio, que la novela prefiere la maduración en la perduración, la larga distancia en la demanda de un mayor conocimiento que le permita dispersar los diferentes momentos de la historia. En las buenas novelas no se busca el fin, se busca la permanencia, cuanto más tiempo mejor. Uno de los modos de conseguirlo es la adopción por parte del lector de diversas actividades en el acto de lectura, que debe ir acompañada de la interpretación, la evocación, el cotejo, el dilema, la sospecha, la certeza, de la misma manera que le ocurre al protagonista con el fragmente de evangelio descubierto Aquél es un arqueólogo uruguayo que en 1947 descubre en unas cuevas cercanas al Mar Muerto un fragmento...





