Recibido: 24/03/2022 · Aceptado: 27/10/2022
Resumen
La importancia de la roca ornamental como elemento decorativo en el Renacimiento español es indiscutible, y denota la existencia de un intenso trabajo cantero en todas sus variedades. El siguiente artículo se centra en la cantería y en los factores que la hicieron posible, resaltando el papel de la figura del concesionario -muy poco estudiada-, en posición intermedia entre el cantero y el artista. Situados al frente de los yacimientos, asumían los gastos de explotación y establecían los lazos comerciales, sino personales, con los artistas demandantes del material. En concreto, recuperaremos los concesionarios de una de la piedra más relevantes del siglo XVI: el «jaspe de Espeja».
Palabras clave
Espejón; jaspe; Arellano; Solano; concesionario
Abstract
The importance of the decorative stone's properties in the Spanish Renaissance is out of question. The number of occasions when this kind of material was used, enlighten the existence of an intense quarry work in all of its varieties. This paper relates about quarries and quarrymen, and exposes the presence of an intermediate figure in between stonemason and artist, mostly unknown, which promoted stone supply by managing extraction, carving and transport, and stablished commercial and personal contacts with artists in need of stone. Concretely, we talk about the extraction in one of the most famous marble quarries in XVI century, Espejón and Huerta de Rey, also known as Espeja's jasper.
Keywords
Espeja; jasper; Escorial; quarrymen; concession holder
EXISTEN ALGUNOS MATERIALES pétreos que, desde la Antigüedad, han gozado de una consideración especial que los separaba del resto de piedras comunes, también llamadas de cantera, siguiendo criterios estéticos y artísticos cargados de simbología y de significado.
Entre estos tipos de piedra singular se encuentran algunos mármoles, conglomerados y calizas, y el jaspe, los cuales poseen algunas características similares que han llevado, tradicionalmente, a confundirlos y nombrarlos genéricamente «jaspe». El gusto romano por incluir «marmora» en la ornamentación de obras suntuosas tuvo su continuidad durante la Edad Media de una forma más comedida, a través de la reutilización mayoritariamente, y floreció nuevamente a partir del siglo XVI de la mano de los artistas más renombrados del momento y de los comitentes socialmente más distinguidos. Tanto artistas como comitentes reconocían la capacidad de la piedra para traspasar los límites del tiempo y hablar, con voz inmortal, del ideal de poder, belleza y perfección.
Por este motivo, la elección de los yacimientos de «piedras preciosas» era un tema crucial para la buena consecución de las obras. Las canteras -algunas de ellas muy prolíficas- estaban repartidas por toda la geografía peninsular y a pesar de su importancia como recurso, una buena parte fue explotada puntualmente, lo cual implicaba unos cortos años de laboreo intenso que, una vez concluidos, iban seguidos del abandono casi repentino de la actividad, sumiendo a las canteras en el olvido.
Sin embargo, en algunas contadas ocasiones, presentan un recorrido extractivo prolongado debido a la calidad de su material, pero también a una serie de factores de tipo socio-político que condicionaron la supervivencia de los yacimientos. Algunos de estos condicionantes son las sinergias imperativas entre comitentes, artistas y materiales; la capacidad y el impulso constructivo de cada época y región o el desarrollo de los medios y las vías de transporte. Y contamos con otro muy importante: el mundo cantero, su organización y sus redes de colaboración, cuyo funcionamiento ha sido expuesto en la historiografía en trabajos de Nieto Sánchez, Alonso Ruiz, o Redondo Cantera2. En este sentido, el presente artículo aborda una figura menos estudiada y se centra en el concesionario, es decir, la persona o institución que recibía los derechos de explotación de manos del propietario del recurso a cambio de un canon. Veremos cómo, dependiendo de quién ostentara dicha concesión, se modificaba la organización de la cantera y el acceso al material y, por lo tanto, se condicionaba el uso que se hacía del mismo. Para ello, nos serviremos de un caso concreto: la administración, en el siglo XVI, de los frentes de calizas cretácicas y conglomerado de las conocidas «canteras de jaspe de Espeja», ubicadas en los términos municipales de Espejón (Soria) y Huerta de Rey (Burgos). Dichas canteras destacan por una temporalidad muy poco frecuente, explotándose desde la Antigüedad hasta los primeros años del siglo XXI -con periodos intermitentes, especialmente en la Edad Media3-; y por la extensa difusión geográfica del uso de su piedra (Meseta y centro peninsular) y el tipo de obra en la que fue utilizada, siempre de carácter lujoso. Su demanda era tan elevada que localizamos jaspe de Espeja en piezas de grandes dimensiones -losas de hasta 956 arrobas (11 toneladas, aproximadamente)-, y en otras de menor tamaño, como jambas de ventanas, chimeneas y mobiliario (mesas), e incluso en los minúsculos adornos de los anillos. En el siglo XVI está presente en las obras de las catedrales de Toledo y Burgos, en sepulcros de la alta nobleza castellana y en programas propagandísticos de la monarquía, como el monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
Pretendemos evidenciar cómo los canteros y otros concesionarios de Espeja, gracias a su gestión y amparados por las innovaciones técnicas y tecnológicas -en sintonía con la recuperación de la filosofía clásica renacentista- y apoyados por una amplia red de carreteros y transportistas, extrajeron y distribuyeron piezas enormemente delicadas a grandes distancias. Del mismo modo, evaluaremos los cambios internos producidos por el traspaso de la concesión, la influencia de los artistas y comitentes en la demanda, y la de la fiebre constructiva que se apoderó de la España quinientista, un hecho muy vinculado a dos instituciones: la monárquica y la eclesiástica.
1.LOS ARELLANO Y FELIPE BIGARNY
La noticia más temprana que tenemos sobre la presencia de un cantero en Espejón y Huerta de Rey data de 1518. Su nombre era Francisco Guillén de Arellano, y es considerado el primer «descubridor» y explotador formal, dado que, según la documentación, en el momento de su llegada las afloraciones se encontraban cubiertas.
Anteriormente a estas fechas, conocemos la utilización de la piedra de estos términos para diversos elementos en iglesias y mausoleos4, pero no contamos con datos precisos sobre la existencia de canteros o estantes relacionados formalmente con el yacimiento tal y como sucedía con Francisco Guillén. Este personaje, natural de la ciudad de Toledo, no era cantero de profesión, sino pintor5, y en 1493 trabajaba en la pintura del órgano, retablos y trascoro de la catedral primada al lado de grandes artistas del momento, como Juan de Borgoña. El 10 de marzo de 1507 recibió un pago de 5.275 maravedíes por el último plazo de la suma debida por el oro y las manos del pilar que doró cerca del altar mayor, y que fue tasado en un total de 18.400 maravadíes6.
Sobre estos mismos años iniciales de la centuria, llegó a Huerta de Rey en busca del jaspe y, ayudado por lugareños y por el mayordomo del monasterio de Santo Domingo de Silos, encontró dos canteras, una en término del lugar de Huerta de Rey y otra, a posteriori, en el de Espejón. Guillén consiguió erigirse como único explotador de las mismas y rápidamente se dedicó a surtir piedra a construcciones activas. En 1518 fue contratado para entregar el mármol de las ventanas que Felipe Bigarny había diseñado para las casas de Juan Rodríguez de Fonseca en Toro (Zamora), un material que viajaba en las mismas carretas destinadas a unas obras de la reina, de jaspe de colores7. Encargos que encabezan una larga lista de actividades que llevan por titular a Francisco Guillén en asociación con sus hijos, Luis de Arellano y Guillén de Arellano.
El 24 de enero de 1519 firmaron un acuerdo con el monasterio de Santa María de Guadalupe (Cáceres)8, al que debían servir 69 pilares para el claustro «de çinco pies y medio en largo, e el grueso o ancho del ha de tener la terçia parte de una vara de medir, ques un pie, e mas un cordel por la parte alta.... E otrosí, un pilar grande de dicho jaspe, de honze pies en largo e de dos terçias de vara en ancho, e mas un cordel»9. Los pilares debían llegar de la cantera bien labrados y desbastados, redondeados y muy limpios, sin ninguna imperfección u hoyo. Para su transporte se contrató, el 16 de julio de 1519, a Antón González de Castrejón, vecino de la ciudad de Soria, encargado de trasladarlos desde Espejón10 hasta el monasterio cacereño por el precio de ochenta mil maravedíes, que habrían de bastar para pagar el aparejo de las carretas y el jornal de los carreteros11.
Sin embargo, el encargo no llegó a cumplirse, según consta por el poder que el cabildo del monasterio de Guadalupe entregó a fray Juan de Albendea y a fray Eugenio de Toledo, el 17 de septiembre de 1519, para revocar el contrato antedicho por incumplimiento de los canteros: «los quales ellos no han complido e se cree que no los darán ni complirán». El acuerdo quedaba deshecho -junto el del acarreto-, de forma que «los dichos mármoles no vengan al dicho monasterio»12.
Este episodio muestra la dificultad de la puesta en funcionamiento de una cantera y de la gran cantidad de recursos necesarios -tanto económicos como humanos- que se debían gestionar para satisfacer este tipo de pedidos, basados en un número considerable de piezas grandes. Ya hacía años que Guillen había construido el puente que conectaba los dos barrios en los que se dividía el lugar de Huerta de Rey, inversión que tuvo que adelantar de su bolsillo, casi al mismo tiempo que pagaba por adelantado a los Concejos de ambos lugares por los «derechos» de explotación13. Igualmente, financió la construcción de los talleres, las casetas de los oficiales y las fraguas para las herramientas. De hecho, en 1519 había transcurrido largo tiempo desde que Guillen se colocara al frente de las canteras desde su residencia en Huerta de Rey, pero son evidentes la gran cantidad de contratiempos e inconvenientes que todavía se presentaban a la hora de extraer y labrar el mármol.
El cantero murió en 1522, dejando a sus dos hijos como herederos, Luis y Guillen de Arellano. A ellos les traspasó en testamento las explotaciones a partes iguales, juntamente con la fragua y las herramientas. Ambos asumieron la organización y, de su mano, comenzó una nueva etapa de intensificación de la extracción y de la distribución de la piedra.
En tiempos de los Arellano, en la cantera se podían encontrar oficiales y peones a jornal, que se encargaban de la saca de la dura piedra con herramientas aceradas que se desgastaban «mas mucho que lo que se gasta en labrar ninguna cantera por tosca que sea». Una vez obtenidas las piezas, se trasladaban al lugar de Huerta de Rey, en el que poseían un taller para labrar, pulir y «poner en perfección» el jaspe antes de ser entregado a los carreteros. Algunos vecinos de Espejón y de Huerta de Rey se emplearon habitualmente en las canteras «a descubrir piedra a jornal», como Juan de San Vicente, quien estuvo por más de quince años, Juan de Terez, Esteban de la Puente o Juan de Ortega. Todavía vivían lugareños que habían compartido los primeros pasos de Francisco Guillen y le habían ayudado, como jornaleros, a descubrir las canteras; y otros se habían incorporado más tardíamente pero de forma intensa: Diego de Arciniega, cantero, asentó mucha de la piedra pulida por Guillen de Arellano y sus oficiales en el lavadero y la pila de la sacristía del monasterio de Espeja, tambien en la casa del conde de Miranda -encima de las escaleras, dos pilares con sus basas y una ventana. El jaspe de Espejón ya se había usado anteriormente en Peñaranda, puesto que Francisco Guillen había vendido cierta cantidad a Pedro de Peñaranda, mayordomo de las obras del conde.
Asimismo, los carreteros implicados en el transporte de las piezas provenían de las localidades circundantes y relativamente próximas a las canteras. Para las décadas centrales del siglo XVI, conocemos a Juan de Telmo, vecino de Navas, y a Juan de Esteban, vecino de Espejón. Ambos habían alquilado sus carretas a Guillén de Arellano para llevar el jaspe a la ciudad de Toledo y a la de Burgos, y a las iglesias de Aranda y Peñaranda, entre otras; en colaboración con otros canteros de Soria14.
La actividad en las canteras iba en aumento, una circunstancia estrechamente vinculada a la asociación de los Arellano con grandes artistas renacentistas del ámbito castellano, ocupados en proyectos de renombre, y especialmente con Felipe Bigarny, a quien su padre ya conocía de la fábrica de la catedral de Toledo y a quien surtieron jaspe de forma habitual.
Bigarny estaba íntimamente relacionado con la Corte y también con la familia de los Velasco (Condestables de Castilla), contactos que le valieron la adjudicación de diversos contratos en Burgos, Medina, Casalarreina, Santo Domingo de la Calzada, Calahorra, Haro, Peñaranda de Duero, Palencia y Osma. El maestro borgoñón conoció al cantero genearca a principios de siglo, después de haber sido requerido por Juan de Santoyo en Burgos para trasladarse a trabajar a Toledo, ciudad a la que llegó ese mismo año, a primeros de septiembre. En ese periodo, Bigarny entabló con Francisco Guillén una relación profesional y personal que continuó manteniendo con sus hijos, sobre todo con Guillén de Arellano, después del fallecimiento de Francisco.
En 1525, el artista estaba trabajando en el sepulcro de don Pedro Fernández de Velasco y de doña Mencía de Mendoza, hoy ubicados en la capilla del Condestable de la catedral de Burgos. El jaspe que necesitó para tal empresa le fue suministrado por los Guillén: Luis se encargó de hacerle llegar a Bigarny diez piedras de jaspe por valor de 350 ducados de sus canteras, a los que añadió, en el verano de 1526, algunos trozos de alabastro15.
Los tratos fueron tan habituales que Isabel del Río consideró que «Bigarny dio vida a las canteras de Espeja»16, ya que también las utilizó para cubrir de jaspe la portada del palacio de Peñarada de Duero y las naves de la colegiata, así como para el coro de la catedral de Toledo (1539) y una larga serie de sepulcros y mausoleos que gozaron de gran popularidad entre personajes influyentes de la tercera y la cuarta década del siglo XVI, como los de los Avellaneda. De hecho, Felipe Bigarny impuso como modelo de sepulcro yacente de alabastro sobre jaspe rojo, siendo una de las primeras obras con estas características arquetípicas el mausoleo de fray Alonso de Burgos en la capilla de San Gregorio (Valladolid), destruido por las tropas napoléonicas. A partir de su ejecución, a la que hay que sumar los encargos de los condestables de Castilla, se requirió a Bigarny para reproducir el mencionado estilo en los sepulcros de la familia Loaysa (antigua Iglesia de los Dominicos, Talavera de la Reina), el de Antonio Menéndez de Gumiel -deán de la catedral de Osma- el de Pedro González Manso -obispo de Osma enterrado en el monasterio burgalés de Oña-, así como por otro prelado oxamense, Pedro Álvarez de Acosta, quien se hizo enterrar en el monasterio del Sancti Spiritus construido por él en Aranda de Duero.
Recientemente, las investigaciones publicadas se esfuerzan por aplicar una perspectiva de conjunto a esta serie de encargos, poniendo de manifiesto la relevancia de la tríada comitente-artista-material, en la que los factores mantienen una estrecha interlocución. En lo relativo al jaspe de Espeja, esta relación se produjo porque «todos estos personajes, por sus puestos y dignidades, estuvieron en estrecho contacto entre sí, presidieron las mismas sedes y varios pertenecieron a la misma orden religiosa. Por otra parte, todos, además, pasaron años de su vida en Valladolid, donde vieron y admiraron el mausoleo de fray Alonso de Burgos»17.
Todo el jaspe salió de Espejón y Huerta de Rey, así que Bigarny decidió establecer un taller permanente en Peñaranda de Duero -además de otros que pudo haber tenido- para labrar las piezas antes de ser transportadas. Peñaranda dista de las canteras unos 33 km aproximadamente, pero desde allí podían surtirse las obras con mayor facilidad debido tanto a la proximidad de los encargos a esta villa como a la mejor conexión de carreteras18. La dirección de talleres estables por parte de un maestro como Bigarny es una novedad dentro del panorama del sistema de trabajo de la época, y dicha iniciativa le permitió laborear con mayor soltura y frecuencia el jaspe, lo cual sirvió como estímulo para que Guillén de Arellano, y luego Andino19 - ambos canteros-, se interesasen por recuperar unas antiguas técnicas de extracción, tratamiento y pulimentación del mármol, mientras que, por su parte, el taller «dejaba la transmisión del legado técnico que supone trabajar el mármol»20.
La pervivencia de este taller tras la desaparición del maestro borgoñón es todavía algo confusa. Faltaría revisar exhaustivamente los protocolos notariales de Peñaranda de Duero para conocer mejor el destino del taller. Como dato conductor, Madoz escribió que «en Espejón no se hace más que estraer las piedras; luego se conducen a Peñaranda de Duero donde una compañía ha establecido una fábrica, en la que, por medio de máquinas, se sierran y perfeccionan»21. Quizás este taller del siglo XIX guarde algún tipo de relación con el establecido por Bigarny tres siglos antes.
Retomando a la familia Arellano, sabemos que su vínculo con las canteras de Espejón y Huerta de Rey se vio truncado -o parcialmente truncado- por un tecnicismo legal que les obligó a renunciar a la administración. A raíz de un pleito movido entre Guillén de Arellano y su sobrina Francisca Moxica por la parte que había pertenecido a su hermano Luis Guillén, se supo que en el momento del descubrimiento no se habían llevado a cabo los pasos pertinentes y exigidos en la normativa relativa a la localización de nuevos yacimientos. Pedro Solano, colchero real de la emperatriz Isabel de Portugal y suegro de Francisca Moxica, denunció a Guillén de Arellano por apropiación indebida de «un minero de jaspe». En la época Moderna estaba vigente una doble clasificación: las canteras de piedra tosca o de construcción y los mineros de piedras preciosas. Efectivamente, el jaspe era categorizado como piedra preciosa, con lo cual la propiedad del yacimiento recaía directamente en la Corona, la única que podía autorizar su explotación en forma de merced a la persona que la solicitara o que considerar conveniente. A pesar de que la piedra de Espejón no es un jaspe geológico, el pleito concluyó que se trataba de un minero. Se deshizo la propiedad de Arellano y pasó a manos de Pedro Solano, y ni tan sólo sus amigos y colaboradores, Felipe Bigarny22 y Cristóbal de Andino, pudieron, a través de sus testimonios, evitar que Arellano perdiera la explotación.
La resolución del tribunal del 18 de mayo de 1538 modificó la organización de la propiedad de las canteras, de forma que Guillén de Arellano debió traspasar las de Huerta de Rey y Espejón a Pedro Solano, aunque seguirá trabajando y explotando el jaspe hasta 1548, a veces en asociación con Solano.
Como decimos, esta nueva distribución de la propiedad no afectó esencialmente a los encargos de la piedra, puesto que en 1539 se hacía necesaria para las obras de la sillería del coro de la Catedral de Toledo y otros lugares de la iglesia. El jaspe soriano adorna los puntos más llamativos del interior del templo y fue adquirido, por lo menos, desde el año 1538.
Los registros de los libros de fábrica de este periodo constructivo, que coincide con el arzobispado de Juan Pardo de Tavera, atestiguan la adquisición del jaspe, procesos en los que destacó la figura de Arellano en la primera etapa y, posteriormente, tomaron el relevo Pedro Solano y su hijo, Juan. Las partes que se recubrieron del conglomerado rojizo se ubican, sobre todo, en los dos coros (pavimentos, cornisas, ménsulas, arcos torales, zócalo de las rejas) y en los dos grandes y llamativos púlpitos que adornar la entrada al coro principal.
El primer contrato relacionado con el mármol soriano fue entregado en exclusiva a Guillén de Arellano el 17 de julio de 1538, aunque veremos aparecer el nombre de Solano. En la escritura de obligación que pasó ante Juan Mudarra, notario y escribano de la obra catedralicia, se comprometía a traer «los cantos de xaspe que sean menester para el suelo del choro de los señores, los quales son de largo cada uno tres pies pocho mas o menos, y de grueso un traço de pie, lo qual se ha de entregar en esta Santa Yglesia, labrado e pulido»23. Ese año fueron entregados seis de los plazos monetarios que cubrían parte de la cuenta del jaspe, que sumaron 246.250 maravedíes en el plazo de julio de 1538 a octubre de 1539. Como dato interesante, destacamos que el diez de agosto de 1538 el encargado de recibir el dinero fue Pedro Solano, gracias a un poder que el mismo Guillén le había expedido, lo cual denota una actitud de colaboración, más que de competencia, entre ambos canteros.
En otra escritura de 1539, se estipulaba la saca y el pulido de la cornisa y entablamento que daría cobija a las sillas del coro24, así como de setenta ménsulas, a precio de diez ducados cada cornisa y a tres y medio cada ménsula25. Cabe resaltar que en estas actuaciones intervenía Arellano como cantero junto a Cristóbal de Andino (encargado de las piezas de jaspe para las bóvedas de alabastro de las sillas26) y Alonso de Covarrubias. El mármol extraído en Huerta de Rey se llevaba hasta el monasterio de San Jerónimo de Espeja para que Andino y Arellano labraran y dieran forma a las piedras antes de transportarlas a Toledo. En concreto, Guillén de Arellano se ocupaba de las piezas del entablamento alto del coro, una tarea que, según sus cálculos, habría de demorarle dos años. Por su parte, Andino debía realizar las piezas a disponer sobre las columnas, de acuerdo a un molde enviado por Covarrubias. Algunos frailes del monasterio también trabajaban en los frentes junto a varios peones, tal y como muestra la documentación: el día 14 de octubre de 1540 Diego López de Ayala mandó dar 75.000 maravedíes al maestro Felipe Bigarny, fiador de Arellano, con la obligación expresa de depositarlos en el monasterio jerónimo antes de cumplidos 10 días, «para que dellos se pague a los frailes que trabajaren en la cantera de xaspe en las veynte cornisas que se an de traer a esta Santa Yglesia para las sillas del choro para el dia de pascua de resurrección de 1541»27. A este registro le siguieron dos más de las mismas características, el 7 de mayo de 1541, de 18.750 maravedíes; y el 21 de agosto del mismo año, de 75.000 nuevamente. Pedro Solano tan sólo figura en una de las entradas, la relativa a la mesa de jaspes, fechada el 17 de noviembre de 1541, y que detalla la satisfacción de 22.500 maravedíes a Guillén y a Solano por la laude28 que trajeron para el altar de prima con la frontalera del dicho altar. Este mismo año también salía el adorno de la capilla de San Pedro de la catedral del Burgo de Osma, impulsado por el prelado Antonio Menéndez de Gumiel, y que contemplaba el uso del jaspe en una doble gradería, así como el reaprovechamiento de un sepulcro medio labrado de la época de Ferrante de Aragón, que fue adquirido para depositar los restos del santo.
Es interesante comprobar que los canteros concesionarios podían poseer habilidades y técnicas para tallar la piedra, y que se implicaban en estas actividades dentro de la cantera. En el caso de Guillén de Arellano, tenía la cualificación suficiente para desbastar y labrar el jaspe, pero no era este el caso de Pedro Solano, el nuevo explotador, puesto que se desempeñaba como colchero real.
Solano se definía a sí mismo como estante de las canteras y, muy poco tiempo después de su llegada, el 22 de octubre de 1539, aceptó un encargo de jaspe de forma conjunta con Guillén de Arellano. Ambos personajes aparecen en el memorial de la piedra de jaspe que se debía llevar a la catedral de Toledo para la mesa del altar de prima en el coro de «señores», y que costaría 26.000 ducados.
2.UN NUEVO CONCESIONARIO: PEDRO SOLANO
A partir de 1540, se aprecian muy claramente los distintos segmentos de obras a los que surten cada uno de los dos explotadores del jaspe soriano. Por su parte, Pedro Solano y su hijo Juan, como estantes de Espejón, nutren las necesidades de los pedestales de las rejas del coro del altar mayor -en las que también intervino Covarrubias-, finalizadas y tasadas en agosto de 1548 por valor de 450 ducados; mientras que el nombre de Arellano quedó ligado a la labra y la entrega del material para las cornisas de la sillería, tal y como hemos visto. Entre 1550 y 1552 se labró el jaspe para los pulpitos de la epístola y el de los arcos torales, a cargo, por lo tanto, de Pedro Solano en todas sus partes: basa, fuste y capitel del primero; que labró, pulió y llevó a Toledo y otras trece piezas para el segundo29. El último encargo de jaspe que hemos podido documentar lo surtió Solano en diciembre de 1552 para las gradas del coro de las sillas «bajas», tasado en más de 56.250 maravedíes. (Figuras 1 y 2).
Los Solano aparecen como principales surtidores de piedra en las distintas construcciones que tuvieron lugar los años siguientes, entre las que se cuentan: el sepulcro del propio Cristóbal de Andino y su mujer, Catalina de Frías (1543), el sepulcro de conglomerado para los padres del deán Antonio Meléndez de Gumiel (1548)30 y la enorme losa de jaspe que yace hoy desnuda al lado del sepulcro de los Condestables en la capilla de la Purificación (1552)31, y que iba a ser la base del conjunto estatuario de la tumba del IV Condestable de Castilla, cuyos bultos quedaron en manos de Berruguete, a quien sorprendió la muerte antes de poder acabarlos y que, finalmente, quedaron inconclusos y desaparecidos. La actividad de Solano y su hijo, Juan, como distribuidores de jaspe acabó en 1557, al traspasarla al monasterio de San Jerónimo de Espeja por «trescientos o cuatrocientos ducados»32. Este acuerdo pudo realizarse gracias a una segunda cédula de merced entregada por la emperatriz a Pedro Solano en 1537, que le avalaba a nombrar por su testamento y última voluntad, o por cualquier otro medio, a un sucesor que gozase de las canteras. Algunos datos apuntan a que, antes de que se formalizara el pacto con los frailes en 1557, Pedro Solano ya había contactado para este negocio con el prior en 1554, sellándolo ante Agustín García, escribano de su majestad y de la villa de Miranda del Pinar. El traspaso obtuvo el beneplácito del príncipe Felipe el 21 de mayo de 1554, gracias a otra cédula que garantizaba al monasterio de Espeja cincuenta años de explotación directa en Huerta de Rey, Espeja y Espejón; siempre que al acabar el plazo éstas volviesen a la Corona para que los soberanos pudieran disponer de ellas de nuevo33.
El renovado interés por las canteras puso sobreaviso a doña María de Mendoza, mujer de Francisco de los Cobos, comendador mayor de León y madre de Diego de los Cobos, marqués de Camarasa y adelantado de Cazorla; quien, junto a Diego Yáñez, heredero del ya difunto Periañez, contador mayor de Castilla, interpusieron reclamación en este asunto de las canteras.
María de Mendoza mostró un privilegio fechado en 12 de enero de 1529 y una escritura del día 24 de los mencionados mes y año, en las que le eran entregadas a su esposo las dos terceras partes del derecho de explotación y venta de «los mineros de oro, plata y cobre y fierro y laton y açul y açogue y vermellon y alumbre y cardenillo y otros metales questaban abiertos y descubiertos asta entonces y se abriesen y descubriesen dende en adelante para siempre jamás en los obispados de Osma, Sigüenza y Quenca»34; siempre y cuando entregasen la décima parte de los beneficios a la Corona. Por su parte, los sucesores de Periañez habían heredado la otra tercera parte en las mismas condiciones ya expuestas. El día 24 de abril de 1531, la emperatriz Isabel de Portugal amplió estas prerrogativas en la villa de Ocaña, incluyendo en la lista «qualesquier piedras preciosas y jaspee y otros qualesquier beneros de qualesquier piedras»35.
En un principio, María de Mendoza y Diego Yáñez pidieron la anulación de los recién adquiridos derechos del monasterio de San Jerónimo de Espeja, pero a sabiendas que el asunto podía enquistarse largamente en la Real Audiencia, prefirieron llegar a un acuerdo de compra-venta que evitaría tanto la dilatación e imposibilidad de explotar las canteras como el amontonamiento de la deuda derivada del coste del juicio. En este punto es necesario destacar que los documentos sobre la explotación del jaspe fechados hasta los años cuarenta del siglo XVI a los que hemos tenido acceso, no mencionan jamás haber recurrido ni al comendador ni al contador para obtener el jaspe.
Sin embargo, las escrituras expuestas por ellos eran perfectamente válidas, por lo que la solución llegó de la siguiente manera: reunidos con el padre Juan de Zaraín, prior del monasterio, se ejecutó dicha venta, en la que se especificó reiteradamente que únicamente se les entregaban los derechos sobre los frentes sitos en los términos de Espeja y Espejón, no los de Huerta de Rey, que debían de quedar reservados en exclusiva para María de Mendoza, Diego de los Cobos, Diego Yáñez y los herederos del hermano de éste, Antonio Yáñez. Los frailes pagaron cien mil maravedíes en dinero contado a la señora Mendoza -125.000 en otra fuente- y veinticinco mil -40.000 en otro documento- a Yáñez, dándose ambos por pagados justamente y renunciando a cualquier tipo de reclamación futura, acto autorizado por el notario Francisco de Herrera, de Valladolid. La última parte (1/6) que faltaba de la totalidad de las canteras la retuvo Periañez del Corral -hijo de Yáñez- hasta que la cedió a los frailes jerónimos por ciento veinte mil maravedíes36.
La confirmación vino dada de la mano de Felipe II, por entonces rey de Inglaterra, y previo recordatorio a los monjes y monasterio de entregar la décima parte de los beneficios a la Corona37; se dio paso al acto de entrega de las canteras: en las Cuerdas, término de Espejón, se personaron el diez de enero de 1555 el doctor Jarabillo de Villalpando, alcalde mayor del condestable y justicia en la villa de Santo Domingo de Silos, el escribano de sus majestades, Hernán García, y fray Pedro de Iscar, fraile procurador del monasterio de Espeja, para tomar «posesion real actual y corporalmente». Como testigos actuaron Alonso de Marina, Juan de Olalla y Andrés Esteban, todos vecinos de Espejón. El alcalde mayor tomó de la mano a fray Iscar y lo introdujo en las canteras para que paseara y meneara ciertas piedras de jaspe en señal de posesión, se firmaron las cláusulas correspondientes y se dio por finalizado el traspaso38.
Poco sabemos acerca de la organización y funcionamiento de las canteras durante este periodo de control eminentemente monacal, más allá de dato que en 1559 hubo un segundo trato con María de Mendoza, que recuperó algunos de los frentes por 450 ducados. El monasterio de Espeja permitió la explotación del jaspe a diferentes oficiales y canteros para obras particulares a cambio de una cuarta parte del valor de la piedra «puesta en perfección», mientras que las tres partes restantes quedaban para el cantero que la hubiera extraído39.
La piedra fue enviada a proyectos destacados y, a los ya mencionados, hay que añadir la capilla de San Pedro de la catedral de Osma40; el sepulcro de Pedro de la Gasca (1571) en la iglesia de Valladolid41; el de Pedro Álvarez de Acosta (ca.1571) ubicado en el monasterio del Sancti Spiritus42 e, igualmente, el arco sepulcral de don Diego de Espinosa de los Monteros (1577), en la iglesia parroquial de Martín Muñoz de las Posadas (Segovia). Éste último fue contratado por Pompeo Leoni y subcontratado por Maroja, Comane y Guideti en lo correspondiente al marco arquitectónico43. Uno de los últimos encargos previos a la intervención real, fue el sepulcro de doña Juana de Austria (1574-1578) en las Descalzas Reales (Madrid), un conjunto que nos serviría de claro e inmediato precedente de la preferencia regia por el jaspe de Espeja para sus proyectos más íntimos y personales. Las intenciones de doña Juana para su sepulcro han sido historiográficamente equiparadas con las de Felipe II en San Lorenzo del Escorial, y no en vano resuenan nombres como el de Juan Bautista de Toledo, Pompeo Leoni y Jacome Trezzo. «Para Doña Juana las Descalzas Reales representaban lo que para Felipe II el monasterio de El Escorial, y buscaba en su amada fundación un lugar de alabanza a Dios, que llevase su sello personal y donde pudiese alcanzar el descanso eterno»44.
3.LAS CANTERAS DE ESPEJÓN Y EL ESCORIAL
La información sobre las canteras, en general, se vuelve más copiosa a raíz de la aprobación y del inicio de las obras reales de El Escorial puesto que un proyecto de semejante envergadura iba a necesitar de una organización tanto de trabajadores como de abastecimiento de materiales desconocidos hasta el momento.
La elección del material que mejor se acoplara a la idea de Felipe II se descargaría sobre un catálogo exhaustivo de las canteras disponibles. Para la piedra de construcción -tosca- se escogieron las próximas a la villa; de hecho, muchos investigadores han determinado que uno de los motivos para la elección del emplazamiento de este mausoleo gigante habría sido la existencia de un entorno granítico, en el que las canteras de Zarzalejo, Valdemorillo y Alpedrete, y otras áreas de extracción muy cercanas, habrían aligerado y abaratado considerablemente los gastos.
Otra cuestión sería la elección de las piedras «preciosas» y de los mármoles. Felipe II quería representar un ideal muy concreto en la construcción del conjunto monasterial, y éste pasaba por la utilización y valorización de materiales ibéricos. En 1569 se seleccionó a Juan de Guzmán45 para localizar los yacimientos, encargo que se reiteró en 1571, además de pedirle traer una muestra de cada uno de los tipos de piedra que hubiera en ellos. Igualmente, se pidió a los gobernadores que aportaran una relación de las canteras existentes en sus demarcaciones, con toda la celeridad posible. Resulta interesante comprobar que, en este estadio inicial, imperaba una noción muy precaria de los recursos canteros y, por extensión, de su trabajo y perfeccionamiento. Jacome Trezzo, a propósito de esta cuestión, señaló, ya en 1569, que «los franceses y alemanes vienen ascondidamente y lleuan fuera del reino los jaspes, agatas y corniolas y cristal y turquesas y camafeos, y despues de labrados los bueluen á enbiar aca y nos lo hacen pagar muy bien»46.
Por el contrario, las canteras de Espejón no se integraban dentro del grupo de «las olvidadas». Su mármol gozaba de una reputación enormemente extendida entre miembros de la nobleza y personajes vinculados estrechamente a la corte desde hacía, prácticamente, cien años, los cuales acreditan una tradición y una estima superior de este jaspe frente al de otros yacimientos, por lo que no debe extrañar su rápida selección para el corazón de San Lorenzo: el retablo de la basílica mayor y los grupos colaterales: «la capilla mayor de la Basílica es la estructura más rica y compleja de San Lorenzo el Real del Escorial...allí se funden riqueza y arte sin parangón en España»47. De nuevo, las preferencias del comitente, en este caso el monarca, fueron clave para la elección del jaspe de Espejón y Espeja. Su elección personal por el jaspe soriano multicolor, denota la apreciación de los Austria por este tipo de roca ornamental que ya había sido usado en época romana para programas monumentales48, y que está muy presente en toda la basílica, pero también en el panteón real y en otras partes del recinto.
Así pues, Felipe II ordenó que la explotación de Espejón se reservara en exclusiva para El Escorial. Teóricamente, la intervención de la piedra soriana no debería haber supuesto, a priori, un gran agravio a los concesionarios de las mismas -el monasterio de San Jerónimo, en este caso-, puesto que se realizó una valoración aproximada de la cantidad de piedra que se iba a extraer y de las posibles pérdidas que conllevaría a las arcas de los frailes, de manera que se paliara este déficit de ingresos (recordemos que cobraban la cuarte parte de la tasación de la obra) mediante la entrega, por adelantado de estipendios, bien monetarios bien en forma de cargos, e incluso el prior del monasterio pidió la exoneración del subsidio y el excusado hasta la cantidad de 600.000 maravedíes49.
El 17 de julio de 1579, Martín de Gaztelu, secretario del rey y de su consejo, acordó, junto a la Congregación de la fábrica de San Lorenzo el Real, entregarles una compensación de 54.985 maravedíes, que serían distribuidos y depositados como sigue: 42.344 en el monasterio de Espeja, 14.605 en Burgos; 2.500 en León, 300 en Sigüenza, y 200 en Segovia. Estos 54.985 fueron entregados antes de acabar el año, mientras que, paralelamente, se concedió la petición acerca de el «excusado» hasta el año 1582, lo cual sumaría un total de 90.278 maravedíes, repartidos entre Osma (16.280) y Burgos (14.014)50.
Aun así, no fueron suficientes, puesto que entre 1583 y 158451, el fraile Francisco de Verlanga recibió 33.124 maravedíes por la piedra extraída, e incluso más tardía-mente, en 1589, el rey tuvo que satisfacer el equivalente a 600 ducados en oidores en Nueva España para los frailes del monasterio, debido a un error de cálculo en la estimación primigenia, que habría desembocado en una mayor saca de piedra de la prevista inicialmente.
Sea como fuere, el 21 de marzo de 1579 el rey Felipe II pudo enviar la tan ansiada cédula informativa que obligaba a favorecer y no entorpecer los quehaceres extractivos de Juan Bautista Comane:
«...se an de sacar y labrar cantidad de piedras de jaspe de las canteras despexa huerta y burgo de osma y otras de los dhos parajes. y mandamos a todos y cada unos de los dichos lugares y jurisdicciones que dexasen y consintiesen al dho Juan Bautista Comane sacar todas las piedras que quisiera y paresciere sin poner en ello ningun embargo ni dificultad alguna y le ayan de dar los oficiales, peones y jentee de trabajo bestias y carros que ubiere menester pagandoles sus jornales y alquileres acostumbrados y los bastimentos de que tubiere necesidad para la sustentacion de los que con el trabaxaren y asistieren en la dha labor y los materiales necesarios a precios justos e moderados y segun como entre vosotros hubieren»52.
El día 3 de agosto, Juan López de Ovieto fue enviado a las canteras en calidad de superintendente, una decisión que causó varios conflictos y desencuentros directos con el mencionado cantero53, así que fue retirado y Juan Bautista Comane quedó en solitario al cargo de la administración ya en 1580.
Comane formaba parte de la cúpula de maestros italianos que dirigían los trabajos artísticos junto a Jacome Trezzo y Pompeo Leoni, siendo especialista en la extracción y el trabajo de la piedra. Por consiguiente, en el reparto de tareas pactado por los tres protagonistas, asumía el rol de responsable del mármol y de la supervisión de las canteras en las que se obtenían las piezas del retablo y del solado de la basílica mayor. Estuvo destinado en Espejón y en otros yacimientos, como el de la sierra de Aracena, para controlar la saca de las piezas. Pasó mucho tiempo fuera de su casa familiar viajando a Soria, Granada y Huelva, aunque su salud ya se encontraba bastante deteriorada y a pesar de que dejaba en casa a una mujer y cinco hijos que se desesperaban ante el retraso en el cobro del suelo de Comane54. En cualquier caso, su experiencia le avalaba para ejercer como supervisor de oficiales y peones, la mayoría italianos55, y junto a él trabajaban su hermano, Pedro Castelo -quien lo sucedió después de su prematura muerte en 158256-, y Juan Antonio Maroja57, otro italiano responsable de los destajos en Espejón; dos personajes estrechamente relacionados con la cantera mientras se extrajo la piedra para El Escorial. Durante el año de 1581, al menos, el aparejador que trabajaba con Comane y Trezzo en las canteras era Juan de Minjares.
Así pues, deberíamos pensar que a partir de este año de 1579 toda la piedra de Espejón y de Huerta de Rey se habría dedicado en exclusiva a la construcción de El Escorial. Sin embargo, parece ser que Felipe II hubo de respetar la saca de cierta cantidad de jaspe para las obras de la catedral de Burgos, que proseguían su avance y su continua adecuación a los gustos estéticos del momento. Este hecho quedaría demostrado por el envío, al menos, de dos remesas de piedra en dirección a la mencionada catedral que tuvieron lugar en 1580 y en 1584. La primera de ellas iba a cargo de Martín de Uzquiza, cantero residente en Huerta de Rey, quien debía entregar sacado y desbastado todo el jaspe que ordenase el maestro Martín de la Haya y a cuenta de Juan Martínez Calderón, arcediano de Burgos y mayordomo de la fábrica de la Catedral burgalesa58.
En el segundo caso, en 1584, constatamos además de la saca, la presencia en Espejón de uno de los canteros más reputados del momento, ocupado también en las obras de Burgos. Se trata de Juan de Esquivel, quien se habría desplazado hasta las canteras para controlar la extracción y el transporte de 349 quintales de jaspe, por todo lo cual se le pagaron 300.000 maravedíes59.
En lo tocante a las obras reales, durante los dos primeros años, tanto oficiales como obreros extraían la piedra e iniciaban las trazas en la misma cantera60, y también aserraban y labraban las distintas piezas para el retablo de la basílica. Para la consecución de tales objetivos, hubo que equipar la cantera, a cuenta de la monarquía, de las fraguas necesarias -o mejorar las que ya habían sido construidas por los Arellano. También acondicionar las casas de los oficiales residentes en el lugar mientras durase la obra, y las dependencias del propio Comane, quien pasaba algún tiempo tanto en Espejón como en el resto de canteras. Según el memorial de enero de 1581, «lo primero que se hizo en la cantera de burgos fue una cassa grande para taller a los oficiales de setenta pies con su alto y casillas alrededor para el abrigo de los ofiçiales con tres fraguas que de continuo travajavan para las herramientas y cossas neceçesarias»61. Ese mismo año, en mayo, Juan Mijares fue enviado a tasar -inspeccionar- la consecución de las obras y certificó la existencia del taller donde se labraba la piedra, las casas de los oficiales y las plazas para cargar las piezas en los carros, así como las escombreras. Mijares también tasó el jaspe que estaba sacado y todavía por labrar, además del que ya se había entregado en San Lorenzo. Notificó la presencia y el trabajo de aparejadores y herreros, y el aprovisionamiento de todo tipo de herramientas, todo ello auspiciado por Jacome Trezzo y Pompeo Leoni. Según sus cálculos, el valor final de todo lo anteriormente expuesto ascendía a 76.200 reales62.
Por lo tanto, en estos estadios iniciales, la organización de la cantera contaba con los siguientes trabajadores, ordenados de menor a mayor rango: sacadores, aparejadores, oficiales, destajero y sobrestante. Cabe mencionar que, generalmente, los sacadores eran personal sin ningún tipo de formación específica, aunque contaban con vagos conocimientos mecánicos: «algunos autores han hecho hincapié en la escasa preparación de los dedicados a esta actividad, labriegos muchas de las veces... este trabajo se realizaba a jornal»63.
La fuerza de los brazos se complementaba con algunos ingenios mecánicos de madera y hierro, con gruesas maromas, que servían, sobre todo, para cargar las piezas más grandes: «luego se allanó parte de un monte donde se quito grande cantidad de tierra y piedras para descubrir la verdadera veta de la cantera en la qual sean hecho muchos yngenios y machinas de madera y hierros con maromas gruesas para tirar y sacar de la dicha cantera la piedra»64.
El trabajo fue sumamente duro. Entre 1579 y 1580 se presentaron diversas dificultades que pusieron en aprietos la continuación de las obras. En un memorial conjunto que Trezzo, Leoni y Comane presentaron al rey, se manifestaban dichas adversidades. Empezaron hablando de la financiación. Si bien habían recibido ya 20.000 ducados de la Real Hacienda para costear el retablo, la custodia y las capillas colaterales de la basílica mayor, hacia 1580 ya se habían gastado entre Milán, Granada, la cantera de Espeja y el pago de oficiales, maestros, materiales y pertrechos más de lo que habían recibido. En mayo debían, entre los asuntos milaneses y la cantera soriana, más de 5.500 ducados, de los cuales se habían hecho letras para los Forniel de Milán y Burgos. Sin embargo, como los banqueros imperiales quebraron, no quisieron pagar ni aceptar las letras, de forma que Trezzo y los demás quedaron endeudados y al borde de paralizar las obras, aunque habían conseguido pagar los jornales de oficiales y peones. Desde 1579 hasta mediados de 1581, Trezzo -como receptor y administrador del dinero- había gastado 67.667 reales, y tan sólo había recibido 55.065; con lo cual le quedaba un descubierto de 12.602 reales que salvó mediante la ayuda prestada por amigos, un socorro monetario que debía devolver y que le comprometía, junto a sus compañeros, a una deuda de 2.000 ducados. En mayo de 1581, Trezzo suplicaba a Felipe II la entrega de estos 12.602 reales, porque sin ese dinero era imposible continuar.
Asimismo, se necesitaba otro tanto para conseguir los materiales de las estatuas de bronce que Leon Leoni había empezado en Milán y los que Trezzo requería para continuar la labra de los «jaspes duros»: el diamante, que venía de Portugal, y el esmeril, comerciado por los venecianos.
Y el tercer problema, más acuciante, tenía que ver con el contrato de personal. Se precisaban urgentemente oficiales y maestros para continuar en las canteras y empezar a asentar y pulir en el retablo de El Escorial:
han de menester muchos officiales y maestros de nueuo por quanto este año se les han muerto muchos y es necesario renouar todos los materiales y pretrechos que son menester en Milan, ansi en las dichas canteras como en el Escorial... porque sin esto, como Vuestra Majestad saue, seria imposible continuar y labrar la dicha piedra, y para esto piden diez mill ducados de presente, y que son veintisiete mil ducados65.
Sobre la alta mortalidad de los oficiales y canteros implicados en las obras de El Escorial hizo mención María José Redondo Cantera, quien, a propósito del escultor romano Julio Sormano, estableció que: «Sormano pudo llegar a España a finales de la década de 1570 formando parte de esa treintena de «oficiales italianos» que trabajó en El Escorial y de la que sólo quedaba menos de la mitad en 1583, por haber muerto en ese corto intermedio». Los italianos fueron contratados profusamente como oficiales debido a sus vastos conocimientos del mármol y fueron apreciados, no sólo por sus cualidades técnicas, sino también por su compromiso con las obras: «las veces que he ydo a la cantera siempre los hallo (a los italianos) trabajando no como mercenarios sino como si fuese la obra para si y lo mismo me dize mi procurador que acude allá muchas veces»66. Sin embargo, el raquitismo pecuniario tensó las relaciones hasta un punto cercano al no retorno. El prior de Espeja, fray Juan de Arenzana, manifestó el 15 de junio de 1581 una situación insostenible únicamente aplacada por la presencia providencial de Juan Bautista Comane: «.. .destos ytalianos, los quales estaban tan descontentos porque los entrentenian aqui con solas palabras que temiendo el sobrestante su ausencia iba ya camino de Madrid en busca de Baptista como de dineros». Suplicaba el prior al rey que hiciera llegar dinero porque «vi cuan bien trabajavan (los italianos) y lo que tenian hecho y descubierto», y proponía la presencia de un fraile capaz de llevar las cuentas honradamente que pudiera gestionar los pagos a tiempo de los veinticuatro oficiales y tres herreros, gracias a los cuales «ay muy buen orden y cuydado en el trabajar»67. Les llegó una remesa de mil ducados, que fueron distribuidos, los cuales no saldaban el adeudo. Los italianos tampoco estaban muy conformes con la solución, y «murmuran como mal contentos», a pesar de la promesa de Comane de pagarles el próximo mes lo restante. La probable partida y abandono de las obras preocupaban al prior, que «no quería que se viniese este yncoveniente porque estoy cierto que su M.a se deserviría muy mucho y le daria mucha pena este disparate»68.
Gracias a los registros de Comane, conocemos los salarios que cobraban los oficiales italianos y el resto de canteros en Espejón en el año 1581. En primer lugar, había un «capo maestro», personaje con un sueldo mayor que el resto de trabajadores: 25 reales al mes. Entre el resto de oficiales, existían varías categorías -según la diferencia en las nóminas-, y algunos percibían once reales al mes, otros doce y otros dieciséis, todo lo cual suponía mensualmente 178 reales.
Por otra parte, trabajaban en los frentes seis desbastadores a diez ducados al mes y tres herreros a ocho ducados. El único carpintero de la cantera se llevaba ocho ducados, y los veinticuatro peones dos reales. El mozo aguador, ayudado por el borrico, recibía 7 ducados. Los gastos fijos, como el carbón para las tres fraguas representaban 12 ducados, y el acero y el hierro para las herramientas 20; y lo necesario para bruñir ascendía a 5. De tal manera que al final del mes, Trezzo debía asumir en la cantera de Espejón un montante de 449 ducados.
El trabajo de la piedra no acababa completamente en la cantera, y se sumaba el gasto de lo que se llevaba a cabo a pie de obra en El Escorial: más oficiales y cuarenta peones, acero, hierro, el herrero, el carbón de brezo, la cera y el betún para encolar las piedras, el «esperón» y la «picava» para dar pulimento, el trípoli y la poltea para el lustre y el carpintero. Un total de 414 ducados que hacían aumentar el costo mensual total de los trabajos del jaspe a 863 ducados69.
Pasaron los meses de junio, julio y agosto y, por fin, el tres de este último mes, se satisficieron algunos atrasos: Cristóbal Casela y su hijo, 160 escudos de oro; Jacobo de Lor, 50 escudos; Oracio de Arema, 30; Francesco Calon, 80; Antonio Orsolin, 30; Antonio Carabo, 80; a vecinos de Rementera, 300. En este registro no aparecen todos los italianos de la cantera, puesto que «a estos se les deberá a nuebe del presente dos meses como a los demás»; y aún quedaban en la lista de impagos seis ausentes -suponemos que habían abandonado- y algunos fallecidos, que no iban a cobrar, y su parte, de 172 escudos y 8 reales, sería repartida entre los presentes.
Es relevante destacar que los frailes del convento de San Jerónimo de Espeja intervenían activamente en el buen funcionamiento de las canteras. Ya hemos visto el interés de fray Juan de Arencanal en agilizar la cuestión de los salarios, que acabarían administrando. Fray Gómez Yscar, miembro de la orden y del convento escribió una misiva a Juan de Ibarra, secretario de su majestad, del tenor siguiente:
Herónimo Diaz entrego a los padres arqueros quinientos ducados en rreales e de los otros se pague a los ofiçiales como esta dicho çiento y ochenta y dos mill y doçientos meravedíes, la resta a quinientos ducados en rreales y son mil mervadies, entrego a los padres arqueros los recados de los que se pagaron...digo esto porque se adbierta que no haya hierro en las quentas70.
No hubo forma de desenquistar las trabas a la llegada del dinero, que se perpetuaban, y en septiembre de 1581 cundía nuevamente el descontento porque se atrasaban los pagos casi cuatro meses. Se optó por buscar a un hombre que fiara el dinero, el cual sería designado por la Corona. Se seleccionó a un labrador, «buen cristiano», de la villa de Gumiel de Izan, que ayudaría con fianzas a dos mil ducados y que además asistiría en la cantera al modo que lo había hecho previamente el polémico Juan López de Ovieto, a cambio de un ducado al día. Juan de Arencanal, ahora prior del monasterio, lo ofreció como lugar seguro para custodiar el tesoro, en conexión con su voluntad colaborativa:
El dinero podrá tener este hombre en esta casa en una arca q yo ledare la qual estara metido dentro dela arca del convento con dos llaves y quando obiere de hazer paga sera siempre en presencia de un padre de esta casa que para ello le señalaré y ansí el dinero estará a más recaudo71.
Los quinientos ducados se dispensaron el 21 de noviembre de 1581, de mano del destajero Juan Maroja72.
El trabajo de labra en la cantera perdió intensidad tras la construcción del «molino de jaspe», diseñado por Jacome Trezzo, en el paraje de la Dehesa de la Herrería, El Escorial, en 1581, y se concluye que «a partir de la fecha en que estuvo listo el molino, no vuelven a aparecer memoriales de canteras, en los que figuren que se han elaborado piezas»73. El molino centralizaba el corte y el pulimento de las piezas del mármol74 y permitía que Trezzo ganara control75 sobre la calidad del trabajo, el cual, gracias a la ingeniería, podía ser desempeñado mecánicamente por operarios sin formación específica, abaratando el coste de los jornales. «La puesta en marcha del molino supuso una verdadera industrialización de parte de los trabajos del retablo, llamándose «aserreryria», lo que denota que su principal misión era el corte, tal y como puede leerse en las nóminas de los trabajadores del jaspe de 1582, en las que se registraron sólo peones»76.
Las sierras sin dientes y accionadas por la fuerza del agua del arroyo contiguo oscilaban en un movimiento de vaivén continuado que desgastaba la superficie del mármol al provocar fricción en su superficie, la cual se bañaba con un «cebado», una mezcla de agua y esmeril, que ayudaba al desgaste. La tecnología proporcionaba cortes longitudinales (a grosor del molino) y transversales (longitud del molino), especialmente indicados para las piezas más grandes. Además, las características del ingenio permitían mecanizar algunos estadios del pulido final.
Así pues, en las canteras ya no era necesaria la presencia de los oficiales. Permanecieron los peones, que cortaban y sacaban la piedra; los sacadores, que sacaban y desbastaban; y por encima de ellos el sobrestante y el destajero -Antonio Maroja-, encargado de la organización. La piedra recibía el labrado y el pulido en el Escorial; de esta manera se evitaban retrasos y el peligro de perder la pieza por el camino.
Entre 1583 y 1584, las obras funcionaban a toda velocidad y las canteras de Espejón hacían eco de esta intensidad. Se han conservado registros de las nóminas que se pagaron a los trabajadores de las canteras y del taller de Jacome Trezzo, tanto de oficiales como de peones, tanto italianos como españoles.
Por ejemplo, conocemos los nombres de los peones que se ocuparon en Espejón entre mayo y junio de 1584 y las cantidades que cobraron por su desempeño, a jornal. El salario medio era de dos reales por día, aunque uno de ellos, Juan de Santo Domingo, recibía dos jornales y cuartillo por jornada trabajada. Estaban a cargo de Pedro Castelo, hermano y sustituto de Juan Bautista Comane, y del destajero Antonio de Maroja, quien gestionaba las libranzas para sufragar los jornales y los gastos de material de la cantera. Entre el lunes 27 de mayo de 1584 y el sábado 8 de junio del mismo año, se encontraban en Espejón los siguientes jornaleros sacando y desbastando piedra77:
-Juan de Santo Domingo
-Alonso Gómez
-Francisco Bernald
-Toribio Gómez
-Andrés de León
-Rodrigo
-Juan de Nestosa
-Miguel Ruiz
-Sebastián Sánchez
-Martín Rubio
-Contino
-Juan Ruiz
-Juan de Olalla
-Juan Sanz
-Pedro Azeña
-Juan de la Cal
-Juan de Ferrero
-Juan de Lucas
Hay que tener en cuenta que no todos trabajaron al mismo tiempo. La última semana de mayo estaban en nómina 14 de ellos, y la primera de junio 17, con lo cual se deduce que tuvieron que ser contratados tres más.
Otros gastos habituales eran las herramientas y su transporte hasta la cantera, aderezar cerrajas con sus llaves, tejas para las casetas, yunques de alquiler, hierro y carretadas de carbón -estos dos últimos con destino a las fraguas allí instaladas, probablemente.
En total, los gastos producidos en Espejón -jornales y material- desde el 27 de mayo hasta el 8 de junio ascendían a un montante cercano a los siete mil maravedíes; por eso no debe extrañar que, entre los meses de octubre, noviembre y diciembre de 1583 y los de enero, febrero y marzo de 1584 se necesitasen para la cantera 565.660 maravedíes78; suma muy considerable, a la que habría que añadir el acarreto de las piezas hasta El Escorial79.
Los trabajos pétreos del retablo fueron concluidos en 1586 y el molino de corte escurialense fue clausurado, pero, como es bien conocido, el mármol de Espejón se usó en otras partes de la basílica mayor y en los altares colaterales. Tras el cierre del molino, tanto el jaspe como el alabastro retomaron el sistema de trabajo habitual de labra en las canteras o en talleres cercanos a ellas. El 27 de septiembre de 1585, fray Antonio de Villacastín certificaba, como obrero mayor, la labra y el pulido de las varas de jaspe realizadas por el marmolista Pedro Banel y compañía con destino a las gradas de la capilla, y las que hizo, igualmente, el marmolista Galaezo Longo y su compañía el 14 de noviembre de ese mismo año.
Por lo tanto, el requerimiento de las piedras seguía vigente y es por ello que durante todo el año de 1585 se firmaron diversas obligaciones de transporte. Una vez levantado el veto real sobre las canteras, el cual no sobrepasó el año de 1613, éstas volvieron al control del monasterio de San Jerónimo de Espeja y una parte de ellas le fue concedida, de manos de Felipe III, ese mismo año, al duque de Lerma. Ambas instituciones aparecen como gestoras del jaspe soriano durante todo el siglo XVII, el cual se extrajo con destino a la catedral de Burgos y a obras particulares del propio duque como la casa de Campo de la Ventosilla y el Palacio de Lerma, con trazas de Francisco de Mora y de los ingenieros militares Tiburzio, Spannochi y Jerónimo Soto. También para encargos funerarios, así como se había hecho en las épocas anteriores, como el del conde de Miranda, don Juan de Zúñiga, que se hizo enterrar en el Monasterio del Domus Dei de la Aguilera, en la capilla de la Gloria, bajo una gran losa brechoide de Espejón. En esta nueva etapa que se abría para las canteras de jaspe destacará el nombre de Jacome Lombardino como encargado de la misma, el cual consta como vecino de Espejón y residente en el mismo yacimiento; que trabajó durante muchos años. La demanda jamás se detuvo y salían piezas en dirección a obras reales (el Palacio del Buen Retiro), eclesiásticas y señoriales. En cualquier caso, la organización y el funcionamiento de la saca del jaspe de Espeja durante el siglo XVII y siguientes, será abordado en futuros trabajos.
4.CONCLUSIONES
A lo largo de este trabajo se han analizado las transformaciones en la organización administrativa y laboral de las canteras de piedra ornamental a través del ejemplo del conglomerado y las calizas de Espejón (Soria) y Huerta de Rey (Burgos), conocidos en la historiografía como jaspe de Espeja. Complementariamente, se ha valorado la influencia de otros factores sociales y económicos asociados al éxito y sostenibilidad de las canteras, atendiendo a la relación indisoluble existente entre el estilo artístico, el uso de la piedra para obras de personajes socialmente relevantes y la disponibilidad del yacimiento. En este último aspecto se incluyen temas tales como la propiedad del recurso, las fórmulas de concesión del mismo y el acceso al material; a los que hemos dedicado mayor atención por estar directamente vinculados con el desarrollo del trabajo cantero. En el caso del jaspe de Espejón y de Huerta de Rey, la conexión entre los tres factores se hace explícita a través de diversos personajes destacados. A principios del XVI son claves las figuras de Felipe Bigarny, Cristóbal de Andino o Alonso de Covarrubias, implicados en obras de primer calibre en ciudades de referencia para la monarquía, como Toledo, Valladolid o Burgos. Estos artistas optaron por la elección del jaspe de Espeja para los encargos, imponiendo un gusto por este tipo de piedra que empezó a ser expresamente requerida por los propios comitentes, ya fuera para ornamentar sepulcros, embellecer palacios o decorar iglesias. Las canteras sorianas y burgalesas proporcionaron toda la piedra necesaria y precisamente esta disponibilidad se debe a la intervención, a principios de siglo, de unos canteros concesionarios que se encargaron de rescatar la explotación de los frentes y de suministrar la piedra. Estos canteros, que se posicionan de forma intermedia entre el oficial de cantería y el artista, gestionaban la cantera a través de una concesión, recibida en forma de merced real o bien de arrendamiento a cualquier otra institución, concejil o eclesiástica, puesto que el recurso natural, de forma primaria, pertenecía a la autoridad dueña del suelo, salvo que fueran piedras «preciosas», exclusivas de la monarquía. Para época Moderna, existen muy pocos estudios dedicados a este tipo de empresarios, ya que habitualmente las concesiones caían en manos de instituciones o personajes nobiliarios y eran muy pocos los canteros que residían habitualmente en la misma cantera.
Su aportación, sin embargo, y tal y como demuestra este estudio, fue clave para algunos yacimientos, como el del conglomerado y las calizas de Espejón y Huerta de Rey. Los canteros que consiguieron colocar estos frentes en primera línea fueron los Arellano. Francisco Guillén, el primero de la saga familiar y pintor en la catedral de Toledo, fue el descubridor y primer inversor a inicios del siglo XVI. Durante sus años de trabajo en la catedral primada, forjó una estrecha relación con Felipe Bigarny, dando lugar a una cooperación singular: los Arellano gestionaban la cantera y entregaban la roca que Bigarny necesitaba para sus encargos, cada vez más frecuentes e importantes, de tal manera que artista y canteros elevaron la consideración por el material y la preferencia de los comitentes.
Francisco Guillén puso en funcionamiento los elementos necesarios que requería la explotación: contratos, arrendamientos, pago de salarios a oficiales y peones, infraestructuras internas (fraguas, casetas para oficiales) y externas ligadas al transporte (construcción de un puente). Sus hijos y continuadores, Luis y Guillén de Arellano, instalaron un taller en Huerta de Rey, en el que se centralizaba la puesta en perfeccionamiento de las piezas, y desde allí, una vez concluidas, se distribuían en carretas tiradas por bueyes, propiedad de lugareños y vecinos de las villas inmediatas, hacia las localidades correspondientes. También Felipe Bigarny hizo lo propio durante algunos años, construyendo un taller fijo en Peñaranda de Duero, relativamente cercano a las canteras de jaspe, en el que recibir y trabajar este material cómodamente.
A pesar de algunos encargos fallidos en fechas tempranas, como el del monasterio de Guadalupe (Cáceres), pronto las canteras estuvieron en disposición de surtir el conglomerado (especialmente) y las calizas, en grandes cantidades y en envíos recurrentes, gracias a la red comercial establecida por la familia Arellano y por los contactos de Felipe Bigarny. Destacan de esta etapa los encargos para la catedral toledana.
En cuanto las canteras despuntaron como recurso económico, resultó inevitable la aparición de querellas y problemas legales derivados de las aspiraciones de otras personalidades, interesadas en disponer de la gestión de la explotación, así como en percibir los beneficios de la misma. En este caso, se hicieron presentes el monasterio de San Jerónimo de Espeja, la condesa de Rivadabía y un particular, Pedro Solano. Durante muchos años, Pedro Solano y su hijo Juan arrebataron buena parte de la explotación a Guillén de Arellano (en solitario tras la muerte de su hermano) y compartieron otra, hasta que el mencionado Arellano dejó de aparecer en la documentación, por lo que Pedro Solano quedó como único cantero-administrador del jaspe por algo más de diez años.
Después, se le permitió traspasar sus derechos al monasterio de San Jerónimo de Espeja, que también compró los propios a la condesa de Rivadabía y a los hijos del contador Pedro Yáñez. El monasterio mantuvo la explotación con trazos diferenciales respecto a los Arellano y los Solano, cambiando el sistema de la siguiente manera: permitía que los oficiales -externos, contratados por la obra- entraran en las canteras, eligieran un frente y sacaran la piedra, a cambio de una cuarta parte del precio que dichos oficiales iban a obtener por su venta.
Desde 1554 hasta 1579 el monasterio fue el responsable de los yacimientos, fecha en la que Felipe II tomó la decisión de reservar la piedra para la construcción de San Lorenzo El Real, destinada especialmente a la basílica mayor, en la que destaca el retablo elaborado por Jacome Trezzo, Pompeo Leoni y Juan Bautista Comane -éste último, al frente de los trabajos en las canteras.
Las obras de San Lorenzo modificaron de nuevo el trabajo cantero. Entramos en una tercera fase de la explotación, en la que la monarquía se hacía cargo de los gastos de la misma e instauró su propio organigrama: al frente, el encargado principal, Juan Bautista Comane, por debajo de él en autoridad un sobrestante, un destajero, los oficiales, los peones y los ayudantes (aguadores). Todos ellos pasaron largos periodos viviendo en las canteras para poder satisfacer el apremio imprimido al proyecto. Es reseñable que en esta fecha muchos de los trabajadores, especialmente los cargos, fueran de origen italiano, muy reconocidos por sus capacidades a la hora de trabajar el mármol.
Hasta 1581, las piezas se desbastaban, labraban y pulían en la cantera y, una vez finalizadas, se transportaban hasta el Escorial, dónde algunas veces recibían un tratamiento final. Posteriormente, cuando estuvo acabado el molino de corte de Trezzo instalado en el término escurialense, las piezas más grandes de corte rectilíneo se entregaban sin labrar, puesto que en el ingenio eran sometidas a las sierras mecánicas, mucho más rápidas y eficaces. Esta tecnología generó cambios en la organización laboral: se prescindió de la mayoría de oficiales, permaneciendo en ellas el sobrestante (Pedro Castelo) o el destajero (Antonio Maroja) y los peones a jornal no cualificados -castellanos-, tal y como se ve en las nóminas y en la correspondencia conservadas. Una vez clausurado el molino -definitivamente en 1586- las canteras retomaron su sistema habitual hasta que la monarquía dio por finalizada la intervención, que no duraría más allá de 1613, entrando en una nueva etapa que marcaría la tónica durante el siglo XVII, en la que destaca un nuevo nombre: Jacome Lombardino.
Esta investigación se enmarca en el proyecto de I+D+i «Arqueología e Historia de un paisaje de la piedra: la explotación del marmorde Espejón (Soria) y las formas de ocupación de su territorio desde la Antigüedad al siglo XX» (PGC2018-096854-B-I00) dirigido por V. García Entero desde el Dpto. de Prehistoria y Arqueología de la UNED. El trabajo se inscribe asimismo en la producción científica del Grupo de Investigación Consolidado «Paisajes, arquitecturas y cultura material en la Iberia antigua» IBERIARQ, de la UNED.
2.Nieto, José: «Las canteras de pedernal de Vicálvaro durante la Edad Moderna y comienzos de la Contemporánea» en Alonso, Alba (ed.): La vida de la Piedra, la cantera y el arte de la cantería histórica, UNED, 2022, pp. 91-114.
Alonso, Begoña: El arte de la cantería. Los maestros trasmeranos de la Junta de Voto, Santander, Universidad de Cantabria, 1991.
Redondo, M.a José: «Nuevas noticias sobre Julio Sormano», Archivo Español de Arte, LXXI (enero-marzo 1998) 281, pp. 36-46.
3. Véase al respecto: García Entero, Virginia; Gutiérrez, Anna; Zarco, Eva: «Las canteras calizas y conglomerado de Espejón (Soria). Evidencias arqueológicas y la documentación escrita» en Gutiérrez, A. y otros (eds.): Lapidum natura restat. Canteras antiguas de la península ibérica en su contexto (cronología, técnicas y organización de la explotación), Documenta y Colección de la Casa de Velázquez, Tarragona-Madrid, 2018, pp. 185-197; y García Entero, Virginia: «Poniendo el marmor Cluniensis en el mapa de Hispania. El uso de la principal roca ornamental de color de procedencia ibérica en el interior en época romana», Monografías de Prehistoria y Arqueología UNED, 1 (2020), pp. 117-190.
4. Hemos hallado evidencias de su uso a finales del siglo XV, en la construcción de la mesa y el tabernáculo del relicario del altar mayor de la iglesia de Quintanas de Gormaz (Soria), la pila bautismal del baptisterio de la Iglesia de Santa María de la villa de Gumiel de Izán (Soria) y el cenotafio que hizo encargar Fernando II de Nápoles para su padre Alfonso II. También la documentación original deja entrever que, durante los siglos anteriores, el «marmor» romano pudo haber sido reciclado para edificios suntuosos (iglesia de Coruña del Conde), pero también para edificios de uso cotidiano, como corrales.
5. Pleito entre Pedro Solano, colchero de la Casa Real, contra las villas de Huerta de Rey (Burgos) y Espejón (Soria); Guillén de Arellano; el monasterio de Santo Domingo de Silos y el de San Jerónimo de Espeja, sobre minas de jaspe en términos de Huerta de Rey, 1536-1538, Archivo General de Simancas (AGS), CRC, leg. 94,3, f. 247. Este pleito y sus consecuencias para la propiedad de la cantera han sido analizados en profundidad en: Alonso, Alba: «Sabe que se han labrado muchas piedras del dicho jaspe»: La propiedad de las canteras de «jaspe de Espejón» (Soria) en el siglo XVI», (2022), en prensa.
6. Posteriormente a esta fecha no lo hemos podido localizar en la documentación toledana hasta 1521, muy poco antes de su muerte unos meses después. El 14 de febrero de 1521 fue requerido, junto a maestre Enrique, para tasar la pintura y el dorado de las imágenes del coro, con chambranas; del entablamento y de los capiteles de los pilares torales.
7. Ejecutoria del pleito litigado por Juan Rodríguez de Fonseca, vecino de Toro (Zamora), con Juan de Cañedo y Gonzalo de Sahagún, estantes en la corte, fiadores de Francisco Guillén y Arellano, en un contrato de obra para la realización de la ventana de jaspe para Juan Rodríguez de Fonseca, sobre el pago de fianzas por incumplimiento de dicho contrato, 31/07/1518, Real Chancillería de Valladolid (RCHV), Registro de Ejecutorias, caja 329,5.
8. En esta época, Huerta de Rey estaba bajo jurisdicción de Santo Domingo de Silos y bajo «encomienda» del Condestable de Castilla, de la casa de los Velasco. Su partido era del Arauzos, Burgos. Censo de los Pecheros (1528), t. I, Instituto Nacional de Estadística, Madrid, 2008.
9. Original recogido por Ruiz, M.a José: Vasco de la Zarza y su escuela. Documentos, Ávila, Ediciones de la Institución «Gran Duque de Alba» de la Excma. Diputación Provincial de Ávila y Ediciones de la Obra Cultural de la Caja de Ahorros de Ávila, 1998, p. 31. En el documento contractual también aparecen mencionados, junto a Guillén de Arellano, Sebastián de Almonaçir y Luis Guillén de Arellano (su hijo).
10. En esta ocasión la cantera es llamada de Espejón. Ciertamente, las canteras de Huerta de Rey y de Espejón se encuentran muy próximas y, a veces, se confunden. En cualquier caso, sabemos que la primera en ser descubierta por Francisco Guillén de Arellano fue la de Huerta de Rey y, posteriormente, fue ampliada hasta el término de Espejón.
11. Recogido por Ruiz, 1998: 32.
12. Ibid., p. 34.
13. Para la obra del puente se usaron 30.000 maravedíes, 10.000 de los cuales se los prestó el Concejo de Huerta de Rey. AGS, CRC, leg. 94,3, f. 257.
14. AGS, CRC, leg. 94,3, ff. 258-278.
15. Del Río, Isabel: El escultor Felipe Bigarny ((1.1470-1542), Junta de Castilla y León, 2000, p. 222.
16. Ibid., p. 259.
17. Nicolau, Juan: «Los sepulcros del Cardenal fray García de Loaysa y sus padres en el monasterio dominico de Talavera de la Reina», AEA, LXXVI, 303 (2003), p. 275.
18. Uno de los problemas endémicos de las canteras de Espejón y de Huerta de Rey fue la escasez de vías de transporte bien acondicionadas. Tanto es así, que incluso en el siglo XIX, viajeros como Ponz y Madoz daban por «muertos» los pueblos y las canteras debido a su mala conexión con la red tanto de carreteras como del ferrocarril.
19. Cristóbal de Andino, cantero, destacó en trabajos tan reconocidos como el coro de la Catedral de Burgos. Fue conocedor de las canteras de Espejón, tal y como quedó documentado en un pleito que tuvo lugar en 1539 sobre la naturaleza de las mismas. Mandó hacer un sepulcro para él y su esposa, Catalina de Frías, con jaspe de Espejón en 1543.
20. Del Río, 2000: 259 y 260.
21. Madoz, Pascual: Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar, t. VII, Madrid, Establecimiento Tipográfico de P. Madoz y L. Sagasti, 1846-1850, p. 565.
22. Guillén de Arellano, junto a Pedro de Holanda, aparecen como fiadores de Bigarny para el contrato con Avellaneda. Marías, Fernando: «Notas sobre Felipe Birgany: Toledo y la Espeja», Boletín del seminario de Arte y Arqueología, 47 (1981), pp. 425-429.
23. Libros de Obra y Fábrica, 1537-1538, Archivo Catedral de Toledo (ACT), Obra y Fábrica, 832, f. 103.
24. Zarco, Manuel Remón: Datos documentales para la Historia del Arte Español, t. II, Madrid, Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas de Estudios Históricos, 1916, p. 212.
25. Libros de Obra y Fábrica, 1538-1539, ACT, Obra y Fábrica, 833, f. 104.
26. El día 10 de agosto de 1541, Andino recibió 50.625 maravedíes por 27 piezas de jaspe labrado para las piezas que se nombran «jemasas», las cuales se pagaron cada una a 5 ducados, sin contar el coste del transporte. ACT, Obra y Fábrica, 833, f. 104.
27. ACT, Obra y Fábrica, 833, f.104.
28. Laude: lápida o piedra que se pone en la sepultura, por lo común con inscripción o escudo de armas.
29.ACT, Obra y Fábrica, 844 y 847. Del resto de las partes de bronce que adornan los púlpitos, se encargó Villalpando, maestro rejero, que alquiló casa y taller a costa de la fábrica de la catedral.
30. El sepulcro se ubicó en la iglesia parroquial de Gumiel y hoy en día la losa sirve como mesa en la sacristía de la misma. Palacios, Fernando: «Un distinguido Gomellán en la Catedral de Osma. Antonio Meléndez de Gumiel», Boletín de la Institución Fernán González, 2° trim. (1959), p. 639.
31. Esta gran losa de jaspe cortada en escuadra debía haber sido la cama de los yacentes de alabastro de un sepulcro. Tiene una inscripción con su peso, 956 arrobas -11 toneladas-, y fue encargada por Pedro Fernández de Velasco, el nieto del fundador de la capilla. Para poder entrar la piedra a la catedral, hubo que romper la puerta principal el día 6 de septiembre de 1552. Juan Valverde de Arrieta, en su obra El Despertador, de 1578, recoge un episodio relacionado con el transporte de la pieza: «En Búrgos, llevando una muy gruesa piedra para la sepultura del condestable de Castilla más de quince pares de bueyes, al subir una cuesta, volviendo el carro para atrás, y trayendo consigo los bueyes, uno de los que estaban más cerca de la piedra, que llaman la raiz, llamado por nombre Garrudo, por su compostura, que con afirmar pies y manos para tenella, no lo pudiendo hacer, hincó las rodillas en tierra la retuvo con tanta fuerza, hasta que echó sangre por la boca y narices; al cual buey y á su compañero el Condestable los hizo esentos y libertados del trabajo de ahí adelante». La obra «El Despertador» de Arrieta se añadió, a partir de 1598, a la de Herrera, Gabriel Alonso: Agricultura General. Corregida según el texto original de la primera edición publicada en 1513 por el mismo autor y adicionada por la Real Sociedad Económica Matritense, tomo IV, Madrid, Imprenta Real, 1818, p. 222.
32. AGS, CSR, leg. 279, f. 47.
33. AGS, CSR, leg. 279, ff. 28-29.
34. AGS, CSR, leg. 279, ff. 10-12.
35. AGS, CSR, leg. 279, f.14.
36. Documentos varios relativos al jaspe del monasterio de San Jerónimo de Espeja para El Escorial, (1559-1579), AGS, CSR, leg. 279, f. 41.
37. En los documentos revisados no se constata que el monasterio hubiera pagado, de los beneficios, la décima parte tributaria a la monarquía, tal y como se les obligaba por el tipo de merced que habían comprado a María de Mendoza y a los Yáñez.
38. AGS, CSR, leg. 279, ff. 42 y 43.
39. AGS, CSR, leg. 279, ff. 3-4.
40. Costeada por Antonio Meléndez de Gumiel, deán de la catedral, en esta capilla se colocaron los restos del fundador de la orden, Pedro de Frías, en una urna de jaspe que habría sido labrada ya en 1496 como parte del inconcluso mausoleo que encargó Fernando II de Nápoles para su padre Alfonso II. Blasco, Manuel: Nomenclator histórico, geográfico, estadístico y descriptivo de la provincia de Soria, 2 Ed., Soria, Tipografía Pascual P. Rioja, 1909, p. 112.
41. Pedro de la Gasca, presidente de la Audiencia del Perú, obispo de Palencia y Sigüenza, falleció el 10 de noviembre de 1567 y pasó a la historia con el título de «Pacificador del Perú». En relación al sepulcro, el contrato se concertó el 23 de octubre de 1571, con el escultor Francisco del Río, residente en Valladolid. Debía seguir la forma del de Fray Alonso de Burgos, en la capilla del Colegio de San Gregorio, desaparecido en la Guerra de la Independencia. El contrato también estipulaba que la figura debía ser de alabastro de Cogolludos y la cama de jaspe de Espeja. San Martín, Jesús: «Don Pedro de La Gasca (1551-1561)», Institución Tello Téllez de Meneses, n° 63 (1992), pp. 243-328.
42. Zarapaín, M.a José: Desarrollo de la comarca arandina: s. XVII y XVIII, Aranda de Duero, Diputación Provincial de Burgos, 2002.
43. Redondo, 1998: 45 y ss.
44. Caballero, Sara: «Epigrafía en el Monasterio de las Descalzas Reales de Madrid: el sepulcro de la Princesa Juana de Austria» en Muñoz Serrula, M.T. (Coord.): Epigrafía en Madrid, Ab Initio, Núm. Extraordinario 3 (2015), pp.75-78. Según esta autora, la saturación del color del material hizo que tradicionalmente se asociara a la idea de la sangre de Cristo en la Cruz.
45. Juan de Guzmán fue recomendado por Jacome Trezzo para este menester «por ser ya Juan de Guzman muy ynstruto y muy inclinado de su natural a estas piedras, podra servir a Su Majestad mejor que ningun otro, quanto mas que es ya conocido por hombre vien y trauajara de buena gana y fielmente». Original de Jacomo Trezzo a Martín de Gaztelu, 25 de mayo de 1569, AGS, Obras y Bosques, leg. 4. Guzmán se ocupó de este encargo por diez años aproximadamente. En 1579 se le recordaba su cometido de buscar nuevos yacimientos de jaspe y enviar a Trezzo la muestra correspondiente, a cambio de seis reales de jornal por cada día de trabajo (incluidos los domingos y las fiestas de guardar), además de que debía pasar a rendir cuentas cada tres o cuatro meses, momento en el que recibiría el salario. Si no iba, no cobraría nada. (Fechado en 10 de enero de 1579, tres días después de la firma del contrato. Transcripción del original en Bustamante, Agustín: «Las estatuas de bronce de El Escorial. Datos para su historia (I)», Anuario del Departamento de Historia y Teoría del Arte (UAM), vol. V (1993), p. 50-52, (nota 9).
46. AGS, Obras y Bosques, leg. 4.
47. Bustamante, Agustín: «Las estatuas de bronce del Escorial. Datos para su historia (V)», Anuario del Departamento de Historia y Teoría del Arte (UAM), vol. XI (1999), p.129.
48. García Entero, 2020.
49. AGS, CSR, leg. 279, ff. 3-4.
50. AGS, CSR, leg. 279, ff. 5-7.
51. En concreto, entre octubre de 1583 y marzo de 1584 le fueron entregados a Antonio Maroja 565.366 maravedíes, de los cuales se destinaron directamente a fray Francisco Verlanga, mediante carta de pago, los mencionados 33.124. Relación del dinero proveído al cantero Juan Antonio Maroja para gastos de la piedra sacada y desbastada en las canteras de Espejón, 18/06/1584, Real Biblioteca del Monasterio del Escorial (RBME), caja 9, IX-7, f. 3r.
52. AGS, CSR, leg. 279, f. 44
53. Cuentas del salario al cantero Juan López de Ovieto por el viaje hasta las canteras de Espejón para encargarse de ellas, RBME, caja 6, VI-39.
54. Carta de Juan de Ibarra a Mateo Vázquez, 20 de enero de 1582. Bustamante, Agustín: «Las estatuas de bronce del Escorial. Datos para su historia (II)», Anuario del Departamento de Historia y Teoría del Arte (UAM), vol. VI (1994), p. 164.
55. Jacome Trezzo afirmaba en 1569 que en los reinos peninsulares no existían oficiales lo suficientemente capacitados como para ocuparse del proyecto de Felipe II. AGS, Obras y Bosques, leg. 4.
56. Juan Bautista Comane murió el 10 de julio de 1582 y muchas de sus obligaciones pasaron a manos de su hermano, Pedro Castelo. Se estima que antes de su muerte, Comane se habría desempeñado durante diez años en el trabajo en las canteras, sacando la piedra y haciéndolas llevar y labrar, siempre al servicio del rey.
57. Bustamante localizó a Antonio Maroja por primera vez en 1581, quien se incorporó a la obra de los jaspes de la basílica desde Granada. En 1583 trabajaba en el taller de Trezzo en las columnas jónicas del retablo, y también como tasador y pagando a los oficiales y obreros. Paralelamente, aparece en las nóminas de los oficiales italianos que trabajaban en el taller de labra del jaspe y asentando el retablo principal del monasterio, en los meses de junio, septiembre y octubre. También intervino en las tasaciones, en el pago de dinero y en el trabajo del jaspe granadino del altar, junto a Domingo Maroja. En 1587, Trezzo lo recomendó para que se quedara como oficial de la fábrica ocupado en la conservación y restauración de todo lo referente a los jaspes y mármoles. Ese mismo año, figura como destajero en las canteras de Espejón y, entre 1596 y 1597, realizó los encasamientos, con ayuda de Francisco de Aprile, de los entierros de mármol negro. Bustamante, Agustín: «Las estatuas de bronce del Escorial. Datos para su historia (IV)», Anuario del Departamento de Historia y Teoría del Arte (U.A.M), vol. IX-X (1997-1998), p. 159. En 1598, Maroja también estaba, con el mismo compañero, realizando los relicarios de la iglesia principal del monasterio escurialense, embutiendo jaspe verde en el rojizo y raspando, puliendo y asentando jaspe «colorado»; así como sacando y desbastando doce piedras de jaspe conglomerado en las canteras de Espejón. Cuentas libradas por Domingo Mendiola, pagados a los italianos, Juan Antonio Maroja y Francisco de Abril por la obra que han realizado en los relicarios de la iglesia principal del monasterio, 1598, RBME, caja 14, XIV-17.
58. Libro de Obra y Fábrica, 1560, Archivo de la Catedral de Burgos (ACB), Libro de Obra y Fábrica n° 4, ff. 292-286.
59. Barrón, Aurelio.: «Martín de la Haya, tracista y Arquitecto», BSAA arte LXXIV (2008), p. 115.
60. Redondo, 1998: 45 y ss.
61. Memorial de enero de 1581, AGS, CSR, leg. 261, f. 169.
62. Informe y tasación del jaspe de las canteras de Espeja, 1581, AGS, CSR, leg. 260, ff. 1 y 2.
63. Alonso, 1991: p. 59.
64. Ibid.
65. Memorial de Jacome Trezzo, Pompeo Leoni y Bautista Comane al Rey, 1583, R.A.B.M., T.V, 1875. p. 62-67.
66. Son palabras del prior del monasterio de Espeja, fray Juan de Arencanal, en 26 de septiembre de 1581. Memorial de Jacome Trezzo de las piezas de jaspe labradas en la cantera de Espejón en julio de 1581, AGS, SCR, leg. 261, f. 262.
67. AGS, CSR, leg. 261, f. 258.
68. AGS, CSR, leg. 261, f. 259.
69. AGS, CSR, leg. 261, ff. 238-239.
70. AGS, CSR, leg. 261, f. 260.
71. AGS, CSR, leg, 261, f. 263.
72. AGS, CSR, leg. 261, f. 264.
73. Sánchez, Francisca Victoria: Estudio histórico-tecnológico de las serrerías de corte de piedras duras en el s.XVI. Aplicación al análisis y reconstrucción gráfica del molino de corte de mármol utilizado en la construcción del retablo mayor del Monasterio de El Escorial, Tesis doctoral en Universidad Politécnica de Madrid, Inédita, (2015), p. 184.
74. El jaspe auténtico no podía ser aserrado en dicho molino debido a su dureza superior, por eso las columnas de jaspe de Aracena (Huelva), colocadas en la custodia, se labraron en la casa taller que Trezzo tenía en Madrid a base de diamantes, en la calle que lleva su nombre.
75. En el memorial que Trezzo entregó al rey Felipe II en noviembre de 1587, se manifiesta la estricta supervisión del milanés sobre el molino, puesto que ese año hizo 29 viajes desde Madrid al edificio del molino del Escorial. Recogido por Sánchez, 2015:184.
76. Ibid., p. 117.
77. Nómina de los oficiales y peones jornaleros que han trabajado en la obra del retablo de la iglesia principal de El Escorial con el escultor Jacome de Trezo, de los obreros que han trabajado en las canteras de jaspe de Espejón, 1584, RBME, caja 9, IX-20 f. 27-29V.
78. Cálculo del total que recibió en ese período el Juan Antonio Maroja. En RBME, caja 9, IX-7, f.3r.
79. Para estas fechas, conocemos los contratos de acarreto firmados con Andrés de Pero Peña en 1581, RBME, caja 7, VII-34; con Juan de Ibáñez en febrero de 1583, RBME, caja 8, VIII-31, el cual ya había llevado piedra en 1579 con 40 carretas, RBME, caja 8, VIII-20; y otros pagos varios a carreteros en 1584, RBME, caja 9, IX-6.
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Abstract
The number of occasions when this kind of material was used, enlighten the existence of an intense quarry work in all of its varieties. Concretely, we talk about the extraction in one of the most famous marble quarries in XVI century, Espejón and Huerta de Rey, also known as Espeja's jasper. Sin embargo, en algunas contadas ocasiones, presentan un recorrido extractivo prolongado debido a la calidad de su material, pero también a una serie de factores de tipo socio-político que condicionaron la supervivencia de los yacimientos. Sin embargo, el encargo no llegó a cumplirse, según consta por el poder que el cabildo del monasterio de Guadalupe entregó a fray Juan de Albendea y a fray Eugenio de Toledo, el 17 de septiembre de 1519, para revocar el contrato antedicho por incumplimiento de los canteros: «los quales ellos no han complido e se cree que no los darán ni complirán».
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