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1.Una de las maneras en que se manifiestan los avances en la investigación histórica son las novedades que se presentan en la terminología vigente en la disciplina, sea la acuñación de nuevos términos, que permiten identificar o analizar mejor determinados aspectos antes poco conocidos, sea la reformulación del significado de términos preexistentes. El campo del pensamiento político en la Edad Moderna ha conocido ambas manifestaciones con notable intensidad a lo largo de los últimos tiempos. Así, por ejemplo, a humanismo cívico y aristotelismo político, términos ya veteranos, se han añadido republicanismo, confesionalización, idea neo-romana de libertad y otros, al tiempo que términos clásicos en la materia han sido objeto de debate o cuestionamiento contínuos, como es el caso del pensamiento político absolutista. Ambas manifestaciones son muy características de la evolución reciente de la disciplina, que ha vivido una gran efervescencia metodológica, la cual ha llevado a notables reinterpretaciones de diversas cuestiones y términos.1
Tales reinterpretaciones responden en buena medida a una sensibilidad acentuada acerca del bagaje léxico y conceptual utilizado por los autores cuyas obras son objeto de estudio. Esta sensibilidad nace, por un lado, del doble reconocimiento de que el uso del lenguaje es, por sí mismo, constitutivo de pensamiento y de que debe ser analizado en sus diversos contextos, tanto políticos como discursivos; y, por otro, de una reconsideración del papel de los autores y de los grandes textos canónicos. Estos son supuestos bien conocidos, gracias a la influencia acumulativa de tres tendencias: la llamada escuela contextualista de Cambridge, el estudio de conceptos practicado en Heidelberg y en Padua y, más reciente, la variante denominada filología política. No hay que desdibujar los rasgos propios de cada una de estas tendencias en un magma indiferenciado, ni ignorar tampoco que la primera ha fructificado sobre todo en los estudios sobre la vida intelectual británica en la época moderna; que la de Heidelberg lo ha hecho en términos de longue durée para el periodo de 1750 a 1850 y que se ha practicado asimismo con éxito para el mundo iberoamericano en la etapa de las primeras revoluciones liberales; y que la última atiende en especial a las ciudades-estado italianas del Renacimiento en un marco temporal más reducido.2 Aún así, la mencionada influencia acumulativa se erige como...





